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Las caras del Tíbet

31 marzo 2010

Esta entrada se debería haber publicado hace más de una semana, de hecho para estas alturas ya tendría que estar calentita y a puntito de salir la primera de Nepal, con bastante miga. Pero mañana salgo a hacer el Circuito de los Annapurnas y a aislarme en la montaña por un tiempo, asi que anticipo que se servirá tarde, fría y recalentada. Quejas e insultos a los cortes diarios de luz de Katmandú.

Katmandú (Nepal) -dia 165-

Mucho habría para escribir sobre el Tíbet, aunque el tiempo y los medios han limitado bastante mis intenciones. No obstante, el Dalai Lama dijo una vez: “ve al Tíbet y mira muchos lugares, tantos como puedas, luego cuéntale al mundo”. Vamos a intentarlo:

El Gobierno Chino debió oir también aquella invitación, pero lo de contarle al mundo parece que no entraba en sus planes, tampoco que el resto lo hiciéramos, así que desesperar hasta el punto de hacer rozar la locura a todo extranjero que intentase entrar fue la política que mejor funcionaba… Pero todo esto ya lo sabíamos hace algunas semanas, y también que bastantes viajeros curiosos se vieron obligados a última hora a volar o cambiar su ruta rodeando el Tíbet; lo que nunca imaginamos es que nosotros cuatro seríamos prácticamente los únicos extranjeros en una de las regiones más grandes de China.

De Tibet

Según supimos posteriormente, no elegimos buenas fechas: marzo es el aniversario de la sangrienta revolución de 1959 y para evitar nuevos levantamientos y ojos extranjeros que vieran el consecuente sofoco por parte del ejército, se tomó la decisión de cerrar durante todo el mes las pocas fronteras abiertas a todo ciudadano no chino. No me preguntéis cómo pudimos acabar adentro, porque sigue siendo todo un misterio…

De Tibet

La vida en el tren transcurría mientras íbamos subiendo, dejando atrás el color verde, las ciudades y prácticamente todo rastro de vida; al amanecer del segundo día de viaje pude ver el sol elevarse sobre las blancas montañas del horizonte, y entre ellas y el tren, una vasta y amarillenta llanura y nada más. Algunas manadas de yaks buscando qué comer, banderas de oración o lagos helados irrumpían la hipnotizante monotonía del paisaje. Ya era cierto: después de todos nuestros problemas era tan increíble como innegable: ¡Estaba en el Tíbet!

De Tibet

Esa tarde llegamos a Lhasa, y tras las recientes fábricas y carreteras, se alzaba todavía, resignado, el Palacio del Potala, residencia de los Dalái Lamas desde el siglo XIII hasta 1959. Unos militares nos dieron la bienvenida pidiéndonos ya en la estación todo tipo de documentación, después, nuestra guía asignada nos explicaba las normas del juego: estaba prohibido que fuesemos a ninguna parte sin su compañía. ¡No era posible! Por fin estaba en Lhasa y nos obligaban a encerrarnos en el hostal hasta que nos vinieran a buscar al día siguiente? Por lo visto, toda la normativa se había endurecido notablemente desde las manifestaciones mundiales durante los Juegos Olímpicos del 2008, y además, marzo traía premio. Pero era impensable encerrarse ahí con todo lo que nos esperaba fuera… Negociamos, y ganamos, de acuerdo, podríamos salir, ¡bien! Aunque había ciertas normas básicas, como no llamar la atención y, por encima de todo: “don’t take pictures to the soldiers” (no saquéis fotos a los soldados), si no oímos diez veces esta frase no fue ninguna, y tranquilos, que este pseudoreportero de comportamiento adolescente os las adjunta después.

De Tibet
De Tibet

La primera de las caras del Tíbet que se nos presentó de repente, fue la mística, manifestándose en todo su esplendor. Por casualidad, vivíamos detrás del Templo del Jokhang, centro principal del budismo tibetano, a donde diariamente llegaban peregrinos que venían caminando desde todos los rincones del país, sus harapientas pieles y las rastas de sus cabezas revelaban que algunos habían recorrido miles de kilómetros. Al llegar, por fin, se postraban una y otra vez, realizando además varias veces el kora (circunvalación) al templo antes de presentarse ante la estatua de Sakyamuni. Era inevitable no unirse al Kora de los cientos de peregrinos que rodeaban el Jokhang; hombres, mujeres y niños, de Lhasa o de muy lejo, que recitaban sus mantras y mejoraban su karma. Tíbet significa principalmente budismo, y éste está tan arraigado en este pueblo que condiciona toda su forma de vida. Fue así desde el siglo VIII, continuó de manera muy disimulada durante la infame Revolución Cultural, y permanece en nuestros días. Algo complicado de entender para unos viajeros occidentales que marca el ritmo y la razón de su existencia. Y budismo era la gran mayoría de visitas que el “tour” incluía: el Palacio del Potala, el Palacio del Norbulingka o residencia de verano del Dalái Lama, el templo del Jokhang, el monasterio de Sera, el monasterio de Gyatse, el monasterio de Tashilumpo… abonando con gran pesar para nuestro bolsillo y sobre todo para nuestra moral el atraco que el Gobierno Chino exigía como entrada a estos recintos. Aún así debo reconocer que cada uno de ellos mereció la pena, y tras cruzar la puerta uno se encontraba en un surrealista lugar, muy lejos de casa y de nuestra realidad, donde los fieles ejercitan libremente su fervor religioso y donde parece que desde la Edad Media no ha pasado ni el tiempo ni el ejército.

De Tibet
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¿Dónde está Wally? – De Tibet

Pero sí han pasado, y desde la llegada a Lhasa otra de las caras se hizo patente: la de la ocupación, la represión y la privación de libertad. Los derechos de los tibetanos están ninguneados desde hace más de medio siglo y la mayoría ya viven resignados, intentando llevar una vida lo más parecida posible a la que llevaron sus antepasados, sin interesarse demasiado por la libertad ni la modernidad altruistamente traída por las tropas maoístas.

De Tibet

Rodeando el Jokhang y junto a los peregrinos que circulan, he omitido antes los cientos de militares que patrullan con ellos, los puestos de policía en cada esquina, las cámaras de seguridad y muchos otros aparatos del estado que conferían a la ciudad un ambiente de estado de guerra digno de Bagdad o Kabul.

De Tibet
De Tibet

Los peregrinos se alegran de nuestra presencia y no paran de sonreír, no nos entendemos pero hay complicidad, a la que solo podemos responder con una sonrisa de comprensión y solidaridad. Algunos jóvenes valientes se me acercan y me susurran: “hello” disimuladamente antes de seguir su paso con rapidez, pero un anciano que apenas podía caminar se acercó y con la mano en el pecho y lágrimas en los ojos no dejaba de repetirme: “Dalai Lama, Dalai Lama”…
Un grupo de policías vino a interrogarme después y obligarme a abandonar la plaza del Jokhang por altercado público: me había sentado a escribir estos hechos que no quería olvidar y había atraído la curiosidad de jóvenes y peregrinos que miraban extrañados los curiosos carácteres que anotaba en mi cuaderno.

De Tibet

Nuestro permiso en la Región Autónoma del Tíbet nos obligaba a abandonar Lhasa al cuarto día, y con pena dirigimos una última mirada al Potala desde la lejanía. Pero una nueva cara aguardaba impaciente para impresionarnos: la de los irrepetibles espacios naturales del Techo del Mundo. A escasos kilómetros de Lhasa, y desde los 5.000 metros de altura del Kamba-La, las turquesas aguas del Yam-drok-Tsó, uno de los cuatro lagos sagrados del Tíbet serpenteaba bajo nosotros.
Siguiendo la Carretera de la Amistad en nuestra ruta hacia Nepal, al subir el puerto del Kharo-La un impresionante glaciar colgado de un sietemil se elevaba hacia el cielo, alrededor, montañas, yaks y nada más.

De Tibet
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De Tibet

Pero el plato fuerte de esta suculenta cena estaba prometido para última hora de la tarde, había que esperar primero a subir un interminable camino sobre piedras y hielo para poder divisarlos, y el ateo que hay en mí había rezado porque ese día saliera despejado. No era más que una montaña, una más de tantas que me habían rodeado durante las últimas semanas; pero para el montañero que llevo dentro significaba un sueño hecho realidad y un momento inolvidable de mi vida, dedicado a todos aquellos con los que he compartido y fantaseado durante días y días de Pirineo: esa noche dormiría a los pies del Everest y desde lo alto del collado tendríamos nuestro primer cara a cara.

De Tibet

El Everest se llevaba llamando Qomolangma en tibetano (“diosa madre”) y Sagarmatha en nepalí desde mucho antes de que un oficial británico “descubriera” que el pico XV era el más alto de la Gran Cadena de los Himalayas y en consecuencia, el más alto del mundo. En honor a su predecesor, sir George Everest, este oficial así le quiso llamar, aunque a los tibetanos les importó más bien poco cómo quisieran llamarle los ingleses, y por Qomolangma sigue respondiendo . Qomolangma o Everest, resultó ser una diosa bastante tímida, y mientras sus compañeros Makalu, Lhotse, Xixibangma y Cho Oyu mostraban con evidente orgullo sus picos que sobrepasaban los 8.000 metros, la principal protagonista se seguía tapando con la única nube que había en el cielo. No se si fue causa de racanear con la manteca que eché a las velas o de recitar con acento extranjero el “oh mani padme um”, pero cuando llegué al monasterio de Ronghpuk, donde pasaríamos la noche, ya estaba completamente cubierto.

No es fácil dormir cuanto uno está bajo el pico más alto de la Tierra, tampoco cuando encima hay uno de los cielos más puros y limpios (a excepción de la mencionada nube) y a 5.100 metros ya refresca, por lo que la noche resultó bastante extraña, pero unas horas después me levanté con expectación: no era para menos, me tocaba vivir uno de los días más emocionantes de mi vida…
Todavía de noche y con un frío helador ascenderíamos hasta el Campo Base, un sacrificado paseo matutino que me costará tiempo olvidar; allí, a los pies del Qomolangma, no había tiendas ni montañeros, ninguna expedición estaba esperando para atacar aquella cercana cima soleada desde su cara norte; solo la caseta de un militar y su perro custodiaban la montaña. Sobre un ovoo de piedras, bufandas y banderas de colores contemplaba y deliraba, mientras el insensible viento, que parecía no entender de sueños ni fantasías, nos cortaba la cara.

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Pío, de la expedición aragonesa, camino de la cumbre – De Tibet

Tras una reconfortante comida en el monasterio junto a la estufa, había que seguir camino, todavía quedaba más, mucho más! Bajo la sombra de las montañas seguiríamos recorriendo los km que nos acercaba a Nepal, sobre el hielo y el barro. Cerca de la frontera, en el último puerto que nos elevaría sobre los 5.000 metros, el Tibet se despedía de mí regalándome una de las más bellas panorámicas de mi vida; no tuve más remedio que regalarle la bufanda blanca como agradecimiento, y la esperanza de poder regresar algún día.

De Tibet

Poco después, el vehículo se encañonó en una vertiginosa garganta que parecía no tener fin, poco a poco iban apareciendo los primeros árboles, los ríos, los colores… y el desierto de la alta meseta dio paso a un agradable y familiar paisaje alpino. Un salvaje río formaba el fondo del barranco, y sobre él, el irónico “Friendship Bridge” que hacía de frontera. Decenas de soldados armados me impedían ver el verde del río sobre el Puente de la Amistad. En medio del caos, poco a poco íbamos atravesando una frontera muy poco convencional, que separaba mucho más que dos países. Al otro lado del puente, un militar nepalí nos avisó de que ese día había muerto el Primer Ministro, nos habló de revueltas en Katmandú y de la guerrilla, y se ofrecía insistentemente a escoltarnos en nuestra entrada al país. Afortunadamente para mí, no tuve que buscar excusas para rechazar ayudas no deseadas de uniformados, de repente, una multitud de mujeres con saris de colores y el ojo rojo de la sabiduría tatuado en la frente, forzaron la puerta y entraron en masa camino del Tíbet, ridiculizando los esfuerzos de nuestro amigo el militar por mantenerla cerrada. Estaba en Nepal…

Las caras que me faltaron eran principalmente tres el día 18 de marzo. Si hubiéramos sido consecuentes con los utópicos y delirantes planes que preparamos meses atrás, tal día como ése debería estar brindando por el reencuentro con Esther, Gerardo y Fátima allá por Kuala Lumpur… hace mucho que sabíamos que no iba a ser así, que cada uno estábamos siguiendo el ritmo que nos marcaba el viaje, y así debería ser. No obstante, como estaba prometido, la estimulante Lhasa nos brindó una tregua para brindar por ese reencuentro pospuesto que antes o después caerá.

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Y como despedida, os dejo con la cara más tierna que nos mostró ese Tíbet que cada vez queda más lejano…

De Tibet
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De Tibet
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De Tibet
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Zaijian! Tashi delek!

14 marzo 2010

El Tíbet, una meseta infinita elevada a 4.000 metros sobre el nivel del mar, poblada desde hace más de 30.000 años, se expandió a lo largo de las montañas a golpe de cuchillo hasta el S.VIII, época en la que aparecieron los primeros misioneros budistas llegados desde Nepal e India, que poco a poco se integraron y transformaron en el país más místico del mundo la chamánica sociedad Bön que existía en el momento y que aún perdura. País históricamente cerrado a los extranjeros, que mantenía pequeñas relaciones comerciales con sus vecinos, y que su pequeño ejército de monjes nunca pudo evitar reiteradas invasiones de mongoles, manchús, británicos y chinos; donde hasta mediados del S.XX las únicas ruedas que se usaban eran las que envíaban mantras de oración a los cielos. Donde el poder político y religioso recaía sobre el Panchen Lama y Dalai Lama, reencarnaciones infinitas del Buda Amitabha y del Bodhisattva Chenresig respectivamente, hasta que la humanidad alcance el nirvana…

Cada día iba leyendo más e intentando recopilar más y más información sobre un territorio y una historia que me eran totalmente desconocidos. Pero aún tenía 10 días de larga espera y había que aprovecharlos.
El Emei Shan fue el elegido para empezar esta ruta por Sichuan que injustamente me resultaba más una excusa para hacer tiempo que un interés real en la región.

Emei Shan es una de las cuatro montañas sagradas que hay en China, y entre sus faldas pobladas por selvas tropicales se esconden decenas de templos y monasterios (cientos, antes de que la mayoría fueran arrasados durante los años de la Revolución Cultural), monos que amenazan a los montañeros si no se les paga “una cuota” y un magnífico y místico ambiente de paz y tranquilidad. Y todo esto sería aún mejor si no hubiese que pagar la clásica y abusiva entrada de los Parques Naturales chinos, cuya inversión va mayormente dedicada a someter a la naturaleza en beneficio de la infinita vagancia humana: los caminos que comunicaban los pueblos fueron sustituídos por cientos, miles, millones!! de escaleras que destrozan el paisaje y las rodillas a partes iguales; para evitaresto, paralelamente a las escaleras asciende una carretera hasta el aparcamiento superior – curioso agujero espaciotemporal en el que la paz de los solitarios templos en plena montaña y el silencio de la naturaleza dan paso al Paseo Independencia en plenas Fiestas del Pilar-. De ahí aún quedan 600 metros de ascenso hasta la cima, problema que se atajó con un teleférico y un monorraíl; pero si alguien, mas comprometido con el ecosistema prefiere disfrutar de las vistas a pie de escalera, siempre puede alquilar amables costaleros que le lleven a hombros en una cómoda tumbona ¡No se quede sin su montaña solo por tener unos huevos como el caballo de Espartero, tenemos opciones para todos los gustos y bolsillos! debe comentar el cartel en chino de la entrada…
Desde la cima se pueden contemplar las cuatro maravillas del Monte Emei, estaba totalmente nublado y no vi ninguna, salvo el mar de nubes que tímidamente se apareció durante algunos minutos.

Al bajar del monte, ¡todavía faltaban siete días! Qué largo se estaba haciendo esto… Regresamos a Kangding en un largo bus de montaña, allí nos sorprendió una gra nevada que amenazaba con impedirnos continuar el viaje preparado, e incluso regresar a Chengdu el día esperado.

Con dos palmos de nieve en el suelo, el conductor del autobús con el que habíamos concertado una cita el día anterior para salir a las 8 hacia las altas praderas de Tagong, se lo debió pensar dos veces y nunca apareció por ahí, con lo calentito que se estaba en la cama! los otros conductores a los que preguntábamos señalaban el suelo y decían que de Tagong, ni hablar! Tuvimos la suerte de encontrar al más valiente (la valentía se cotizaba cara ese día) y al llenar la furgoneta engañando a unos cuantos pasajeros más, salimos para allí.

Tagong es una aldea en el área del Kham (como se conocía al Tíbet oriental antes de ser seccionado) en las heladas alturas del altiplano. Es una calle habitada principalmente por monjes y yaks, bajo las altas cumbres que la rodean.

Y aunque se agradecía enormemente la hospitalidad y la tranquilidad que se respiraba en ese lugar, los días empezaban a correr y la carretera consumía la mayor parte del tiempo de este improvisado “road trip”. Así que con escala en el pueblo de Danba, volvimos a Chengdu a tiempo, y esta vez sin correr, para poder estar todos bien puntuales esta tarde en la estación (bien soy consciente de que el destino me debe una venganza y de las gordas tras años y años de llegar corriendo y en el último minuto a estaciones y aeropuertos, pero no será hoy cuando le dé ese gusto).

Y con Chengdu digo adiós a un país del que mucho esperaba y me ofreció más, donde he invertido más de la mitad del tiempo de este viaje y todavía habría podido permanecer mucho más. La inocencia, curiosidad, amabilidad y el cariño de la gente ha sido, con mucho, la experiencia más gratificante; la impotencia de no poder llevar a cabo una comunicación más fluida (qué soberbia! dejémoslo en una comunicación), la más desesperante; la firme esperanza de regresar un día hablando mandarín, la más utópica; la inconsciencia de mandarme todo lo que caía a mi plato, la más osada; la costumbre de ver aparecer tímidamente el sol tras una gran capa de mierda, chimeneas soltando de todo, montones de basura decorando la montaña y el monótono sonido de rasgados de garganta y su consecuente ñardo en todo momento y lugar, la más asquerosa; la diversidad de paisajes y su espectacular belleza, la más impresionante; la sensación de compartir un “cuarto de baño” con otros veinte compañeros que conversan animadamente mientras cada cual evacua lo suyo, la más surrealista… y así podría seguir y seguir. De política no hablo, como veis, porque no estoy en condiciones, porque me ha resultado incomprensible, porque creo que para empezar a entender algo hace falta primero comprender una sociedad tan diferente a la nuestra, por muchas razones sólo añadiré una frase de Sabina: “y en vez de las respuestas que buscaba, un ciclón de preguntas me esperaba”…

¡Os espero en Nepal!

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Dia de felicidad

4 marzo 2010

Chengdu -dia 138-

He aqui una justificacion mas de la cabezoneria infinita, de la obstinacion sin limites, de la sinrazon del “chufla,chufla, que como no te apartes tu…”. Si necesitais ayuda a la hora de leer el mandarin, os comunico que ya es oficial, el dia 14 salgo en tren para Lhasa!!

Dedicado a todos los tercos del mundo…

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Soñando con el Tíbet

2 marzo 2010

Chengdu -dia 136-

Lhasa, la ciudad sagrada, fue a lo largo de la historia una ciudad prohibida para los extranjeros que despertó en Occidente todo tipo de fantasías, curiosidades e incluso unas cuantas locuras consecuencia de esa fascinación natural que generaba comprender aquello que se les negaba conocer.
Ahora, 60 años despues de la “liberacion pacifica del Tibet” que tantos libros se jactan de publicar, 60 años después de llevar a la región el desarrollo y la democracia, y de abolir el tradicional sistema feudal; ahora la situación no ha cambiado para mejor… Tras más de medio siglo de dominación china, por fin la rueda ha entrado en el Tíbet, e incluso un tren une Lhasa con el resto del país atravesando valles y montañas a más de 5.000 metros de altura, pero algo ha permanecido constante a lo largo del tiempo: nosotros seguimos sin poder entrar.
Y ya no son monjes o guardias a caballo quienes se encargan de preservar las tradiciones y mantener alejado al extranjero, sino una impenetrable y feroz burocracia china capaz de hacer desistir de sus firmes planes de ascenso al más tenaz.
El procedimiento es largo y tedioso:
desde el Gobierno se defiende que Tíbet es una región más del país pero los extranjeros necesitamos un “permiso especial” para poder acceder. Cuando la región permanece “abierta”, es decir, cuando se expiden estos permisos -situación que varía aleatoriamente en función del estado de la almorrana del señor que decide cuando abrir y cuando cerrar- este papel virtual sólo se puede adquirir por medio de un touroperador y acarrea obligatoriamente y sin excepción el pack de vehículo, conductor y un guía que se convertirá en tu sombra mientras permanezcas en el terreno… todo el mundo puede imaginar los gastos que esto supone y los beneficios que esto está generando a unos cuantos, además de todos los que Tíbet esconde bajo el suelo. Pero aún hay más: todos los accesos por carretera (que no formen parte de un tour organizado) están totalmente prohibidos a los extranjeros y ¡ay del pobre guiri al que se le ocurra colarse! porque el Gran Hermano todo lo ve y todo lo sabe. El viajero atrevido y curioso, al menos antes contaba con la hospitalidad y el cariño con el que los vecinos tibetanos le acogían, protegiéndole y escondiéndole a su llegada, pues era su única vía de contacto con el mundo exterior. Antes… ahora el Gobierno penaliza duramente con multas y castigos al desgraciado pueblo por el que se acerca un extranjero ilegal, ahora el nuevo recibimiento tibetano suele consistir en emprender a pedradas a todo aquél que quiere acercarse por allí sin su guía y su coche. Así que para el que ni quiere ni puede permitirse volar a Lhasa, la única vía de acceso que tiene es este reciente tren que sube a las nubes, pero aquí todo el mundo quiere sacar tajada, amigos, así que en cuanto estos billetes salen a la venta, no tardan ni cinco minutos (literal) en desaparecer a manos de unas cuantas empresas que monopolizan el mercado y los revenden a precios abusivos. Y el cuento suma y sigue…

Y aquí estoy yo, perdido. Mucho he sacrificado en las últimas semanas para poder estar a tiempo a las puertas del Tíbet y superar todos estos problemas para los que ya venía advertido; muchos sueños y esperanzas puestas a este y al otro lado de las montañas, y un proyecto de viaje que a estas alturas ya no puede pasar por otro lugar que no sea por el Tíbet… Pero de nuevo, hoy, tras todas las filas y papeleos pertinentes, a la hora en punto que deberían salir a la venta, de nuevo “Lhasa meio” (no hay billetes para Lhasa).
Y las autoridades van contando los días que faltan para que me expire el visado, y yo, sin saber qué hacer ni qué camino tomar, con un sueño que cumplir…