Archive for the ‘Navegando el Pacífico’ Category

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Navega on-line

15 octubre 2011

Vancouver, BC, Canada

-día 730  –

Y con este capítulo cierro la etapa marítima, arribada a puerto con sustancial retraso.

Será una entrada atípica, de pocas letras y abundante material audiovisual. Sin que sirva de precedente, no serán las palabras las que te llevarán de viaje esta vez, sino esta colección de imágenes y videos cuidadosamente seleccionada para que disfrutes  en varios minutos de una travesía tranoceánica de dos meses de duración, sin soportar el asfixiante calor de las Marianas ni el frío estremecedor del Mar de Bering, sin sentir la humedad en los huesos ni la incertidumbre agobiante de una tempestad en alta mar; sin el exigente trabajo que el viaje requiere ni los gritos de tus superiores, sin tener que estar despierto día y noche… con la comodidad y la certeza de que en el momento que elijas serás capaz de apartar la vista de la pantalla, y en el horizonte aparecerá algo más que un azul infinito, tu cuerpo dejará de balancearse, y tus pies nunca se alejarán de la estable seguridad de la tierra.

De 22 El Pacífico

¡Tuuuuuuuuuuuuuuuup! ¡Soltad amarras, desatad las defensas, encended motores, nos vamos!

De 22 El Pacífico
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De 22 El Pacífico

De 22 El Pacífico
Y a partir de aquí… la nada, mi bola de cristal.

Amanecer…

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… y atardecer.

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Amanecer…

De 22 El Pacífico

…y atardecer.

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Pero un día nos esperaba una sorpresa:

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era el atolón de Maug, en el extremo norte del Archipiélago de las Marianas, un volcán sumergido… toda una maravilla de la naturaleza.

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De 22 El Pacífico
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Tras él, vendría mes y medio de amaneceres… y atardeceres.

De 22 El Pacífico
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Eso sí, ¿creíais que estábamos sólos?

…y ballenas

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y otros grandes mamíferos

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Un día, de repente y sin previo aviso, llegó el frío

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y de esta clásica imagen

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pasamos a esta otra

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Esta ya os la sabéis con detalle…

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…pero no que hasta en esos peores momentos, nuestros amigos nunca nos abandonaron

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Por nuestra parte, desarrollamos un mecanismo adaptativo al duro trabajo y a la soledad

De 22 El Pacífico
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Pero el viaje se hacía largo y empezábamos a demenciarnos y delirar…

(Mar de Bering, temperatura exterior: unos 5 grados C, temperatura del agua: menos)

Por el camino íbamos haciendo más y más amistades

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Hasta que al fin llegamos a nuestra primera y última escala en todo el trayecto: Unalaska

donde pese a la alegría de avistar tierra firme, el clima nos hizo echar de menos aquellas islas tropicales donde habíamos permanecido tanto tiempo.

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Unalaska, la más oriental del Archipiélago de las Aleutian, está situada junto a Alaska continental. Habitada durante milenios por el pueblo Aleut, fue visitada por marineros rusos y españoles en los siglos XVII y XVIII, ocupada por los japoneses durante la II Guerra Mundial, evacuada por los estadounidenses al mismo tiempo dejando al archipiélago completamente desierto, y repoblada en las siguientes décadas por pescadores de todas nacionalidades, hasta convertirse en lo que es hoy: una enorme planta enlatadora de pescado, fiesta de los contratos basura, del trabajo temporal, y de la especulación con los precios en el mercado. Aún así, esta pequeña isla-volcán corrió mejor suerte que sus vecinas, víctimas de las pruebas nucleares que se llevaron a cabo durante la Guerra Fría…

Aún así, las Aleutian permiten mirar para otro lado y seguir maravillándose con su particular naturaleza polar

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Dutch Harbor, Unalaska, 11 de la noche:
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Salvajismo ¿por parte de quién? y cohabitación

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Carteles locales…

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Integración

De 22 El Pacífico
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Nos vamos… el día 5 por la noche, perdiéndome la conferencia de este maestro por menos de 24 horas.

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Despedimos a John Paul en el puerto, que voló directamente a San Francisco, continuando sólo nosotros tres. Conocéis también los detalles sobre cuánto intenté abandonar el barco y recorrer Alaska por mi cuenta, por lo que no volveré a hurgar en la herida. Ésa queda para mi cesto de cosas pendientes.

A partir de ahí, fueron dos semanas más de trayecto hasta Vancouver, que pasaron con relativa tranquilidad, en el ambiente más respetuoso y cordial que el Twin Image había conocido.

De 22 El Pacífico
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¡Tierra! Era la tarde del 16 de agosto, Estado de Washington, USA.

De 22 El Pacífico
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Faltaban escasas horas para llegar cuando de repente, un tronco chocó contra el barco, dañando completamente uno de los motores, un desastre que acarrearía largas y penosas consecuencias durante las semanas y meses que vendrían… Pero eso queda para otro capítulo.

¡LLegamos a Vancouver tras haber navegado por completo el Pacífico Norte! 17 de agosto de 2011.

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Detalle de la ruta seguida, grabada por la computadora del barco.

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La tormenta

28 septiembre 2011

Texto escrito en la tarde de un 22 de julio… perdón, 21 de julio… aunque técnicamente era la mañana del 22 en horario internacional… ¿día 21 bis?… ¡a la mierda!, escrito a finales de julio.

De 22 El Pacífico

No se me dio bien mi primer viaje hacia atrás en el tiempo.

Recuerdo a la perfección las palabras de mi padre el día que salí de viaje: -“y si terminas viajando al pasado, ¡no toques nada!”- (dedicado a todos aquellos viejos fans de los Simpsons). A un padre siempre hay que hacerle caso, y aun teniendo el máximo cuidado, algo debí tocar, porque fue gorda la que se lió:

Durante mis escasas horas de sueño el Twin Image había atravesado la línea internacional del cambio de fecha, y cambiábamos también oficialmente de continente. La noche había sido tranquila, el diesel sustituía de nuevo al viento, ausente desde la salida, y las amenazas del tifón que nos perseguía se habían disipado tanto como nuestra ilusión tras 25 jornadas en alta mar. Cielos claros y altas presiones nos esperaban en nuestra ruta hacia Unalaska, primera y última escala en esta interminable travesía transpacífica.

Ken irrumpió en mi habitación en plena noche, empapado y nervioso: -”¡viene una tormenta, vamos!”-. Todos estaban ya afuera cuando me asomé a cubierta, en lucha feroz contra unas velas recién animadas con vida propia, rebeldes e insumisas. El barco se zarandeaba de lado a lado, los libros saltaban al vacío desde las estanterías; y platos, vasos y cubiertos se agolpaban ruidosamente contra las puertas del armario como compulsivos consumidores el primer día de rebajas. El objetivo de nuestro juego era quitar la vela principal antes de que fuera demasiado tarde. Se dice pronto. Éramos cuatro en pelea callejera contra la insolente vela, puñetazos, estirones, codazos, empujones… todo valía; en uno de sus inesperados contraataques me vi golpeado y amenazado contra las cuerdas de seguridad del bote, último refugio ante un sádico mar de fauces abiertas. Nunca se me ocurrió decirlo antes, pero es el momento de confesar que viví la escena y las horas posteriores con una emoción novedosa e insólita en la totalidad de la travesía. ¿Necesidad de aventura, mecanismos inconscientes de defensa o ignorancia del peligro? Me pondrá uno de cada, gracias.

De 22 El Pacífico

El viento seguía subiendo, rachas de hasta 50 nudos/hora azotaban a un mástil ya desnudo, la fría lluvia pegaba con fuerza, las olas barrían la cubierta y el barómetro seguía en caída libre, habiendo descendido 30 puntos en las últimas 24 horas y un pánico tácito se empezó a contagiar entre los cuatro, ¿qué iba a pasar aquí?… Los planes para afrontarlo cambiaban tanto como la dirección del viento: se hablaba de dejarnos llevar por la tormenta, de navegar hasta una isla cercana en busca de hipotético refugio, de echar el paracaídas, de rezar, el que supiera…terminamos dejándonos llevar hasta las más occidentales de las islas Aleutian, 200 millas náuticas hacia el norte, consumiendo así los últimos sorbos de gasóleo. No habíamos comido nada a lo largo de todo el día, no hubo hambre ni oportunidad para ello, pero decidí que algo simple, una sopa de noodles precocinados haría mucho bien y calentaría los ánimos. No era consciente de lo que pensaba, y fue sin duda el plato más complicado que he cocinado en toda mi vida: la cocina se había subido a un viaje en el toro mecánico, el feriante que manejaba iba borracho y los peñistas de mi lado le gritaban: -”mañá, ¿pero arrancas esto u qué?”. El agua hirviendo saltaba del cazo, los cuencos no podían quedarse quietos y todo se iba por los suelos mientras lo servía. Y en mi cabeza una y otra vez la misma absurda melodía: “en una tribu comanche, jau, jau, jau…”.

De 22 El Pacífico

Ese atípico 21 de julio tuvo 48 horas, y cada una de ellas pareció una eternidad; no hablábamos entre nosotros, había que aparentar serenidad, pero nuestras mentes compartían la misma pregunta: ¿cómo acabaría todo esto? Uno tras otro nos turnábamos para vigilar en el exterior, mientras el resto disfrutaban de un merecido descanso al calor de un horno abierto, que intentaba en vano secar nuestras ropas empapadas y unas esperanzas algo enmohecidas. Afuera nos esperaban dos largas horas de vigilancia, equipados con toda la ropa puesta y atados firmemente con arneses, el panorama era hipnotizante y sobrecogedor: plasssssssssst! Iffffffffffff, plaaaaaaaaaaaast! Era todavía de día cuando el radar mostró un barco en la cercanía ¡un barco, increíble! Ken corrió a la radio, pues hacía días que internet había dejado de funcionar y necesitábamos saber cómo evolucionaría la situación:

  • “Sailing boat Twin Image, we’re asking for weather report, over”
  • (Barco de vela Twin Image, solicitamos previsión meteorológica, cambio”)

Tuvo que intentarlo varias veces hasta que un chinito de voz encantadora respondió a la llamada, pidiéndonos paciencia mientras consultaba su sistema. Cinco minutos después recibimos la ansiada respuesta:

  • “The wede is… vely vely bad, over”.
  • “El tiempo es… mu mu malo, corto”.

El absurdo de la situación provocó que en medio de ese caos surgiera una sonora carcajada general.

La noche transcurrió con la misma intensidad que el resto del día, y no fue hasta la mañana siguiente que remitieron los vientos, y se calmaron las aguas, y el sol brilló con fuerza iluminando los puntiagudos cráteres helados de las Aleutian. Una asustadiza foca salió a darnos la bienvenida jugando alrededor del barco, mamá y bebé ballena resoplaban a lo lejos, fiordos, volcanes y glaciares configuraban el primer paisaje terrestre que veíamos en 26 días de viaje, otorgándole una belleza aún mayor que nuestras idealizaciones. El mar de Bering vivía en plena calma, soleado y frío, ajeno a la tormenta que azotaba el sur del archipiélago.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

En unas islas apenas deshabitadas, tras las deportaciones masivas de aborígenes que acontecieron durante la Segunda Guerra Mundial, pudimos abastecernos de lo mínimo necesario para seguir el viaje hasta Unalaska. Exploramos un paraíso polar, sintiéndonos náufragos en una isla desierta o clásicos exploradores ante un mundo totalmente desconocido ¿acaso no lo éramos? Acampamos una noche bajo un cielo poblado de estrellas, disfrutamos del inmenso placer que suponía la estabilidad de la tierra firme, y recuperamos algunas fuerzas para afrontar las últimas 700 millas que nos separaban de la ansiada Unalaska.

De 22 El Pacífico

Pero ese breve descanso no fue suficiente para mejorar los ánimos, a esas alturas estábamos ya todos agotados, sin paciencia ni esperanzas -”nada va a mejor, nunca nada irá a mejor”- me confesó mi compañero en una noche de sinceridad; los malos modos y el desprecio del capitán hacia nosotros iban en aumento exponencial, y el barco se estaba cayendo a pedazos. Yo no pensaba más que en llegar al ansiado destino y recuperar una libertad que siempre había poseído sin ser consciente de ella, pensaba en Alaska, en lanzarme con una inusitada explosión de energía al descubrimiento de la naturaleza, tenía mil planes para el extremo noroccidental de América…Pero todavía estaba impotentemente preso en las Aleutian.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

Los peligros y las averías se sucederon uno tras otro en el día previo a la partida, y ésto sumado a la frágil situación general, terminaron provocando irremediablemente que el orgullo y la moral del capitán, inalterables hasta la fecha, se terminaran derribando como un castillo de naipes tras un soplo de brisa marina. Al final, tras rescatar penosamente el ancla de unas rocas y con el autopiloto estropeado, comenzamos a navegar manualmente hacia Unalaska, improvisando la partida.Yo empecé en el timón, el sol se ponía grande y rojo al horizonte, una inmensa bandada de aves migratorias cubrió de repente el cielo, y una sonrisa se dibujó en mi cara, sabedor por vez primera de que estaba dirigiendo el bote hacia mi libertad.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

Porque un cumpleaños se le puede pasar a cualquiera, porque vamos llegando a cierta edad en la que nos cuesta memorizar fechas, porque: ¿otro año ha pasado ya? ¡ay que ver, hija, como pasa el tiempo!

En fin, espero que esta imagen que tomé para la ocasión, con barba de buen tipo, enmiende en parte el error. ¡Felicidades!

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Episodio 2: Transiciones

21 agosto 2011

Aunque data de mitad de julio y parece escrito unos cientos de millas al este de las costas japonesas, este texto apareció recientemente en una playa de Canadá, enrollado en una botella de vino malo australiano.

EPISODIO 2: TRANSICIONES

N 43º 56.9′

E 154º 38.5′

Al observar un mapamundi solemos entretenernos saltando de país en país con extrema facilidad, fantaseando con exóticas capitales, atravesando ríos y escalando montañas de los cinco continentes. Nuestra vista se pierde en un mar de colores diversos: el amarillo de Portugal, el verde de Rusia, el rosa de Argentina, el morado de India… el ojo más fino puede incluso navegar hasta ciertos archipiélagos melanesios o a las islas más remotas del Atlántico Sur, pero… ¿y lo que queda en el camino? ¿cuántas veces prestamos atención al extenso color azul? Pocas, muy pocas. Y es comprensible: un infinito desierto, inabarcable, inimaginable, tan extenso como nuestra fantasía lo quiera crear. Ininterrumpible, salvo por esa pareja de albatros que revolotean alrededor, o por basura flotante de la más diversa barrida por el reciente tsunami, o por los delfines que juegan al paso del barco, o las caprichosas pinturas del cielo, o el iceberg que avistaríamos semanas después… excepciones que confirman la regla de la monotonía extrema impuesta por la naturaleza; el arte y la destreza residen en encontrarle la belleza, que la tiene.

Pero entonces no sabía lo que sé ahora: que al aceptar embarcarme en esta aventura, estaba cambiando la libertad de movimiento por la mía propia. Y la monotonía se coló por las rendijas del barco, inundándolo progresivamente de rutina, que como todos saben, es difícil de achicar. Las horas se hacían días, y los días, semanas, realizando las mismas actividades, los mismos trabajos, bajo las mismas inquebrantables e indiscutibles normas. Y así, mientras el cuerpo se iba inevitablemente sumergiendo en esa prisión marina, la mente salía a flote, más fuerte que nunca, rememorando constantemente vivencias y caras que habían quedado atrás, anticipando experiencias que esperaban ser vividas, y fantaseando con las invisibles costas colindantes, recónditos y misteriosos lugares con los que me tendría que conformar con pasar de largo: islas Sajalines, islas Kuriles, península de Kamchatcha, islas Aleutian… tendrán que esperar su momento en un futuro.

Todavía en la segunda semana de travesía, y al final de una larga guardia nocturna, el esperado amanecer nunca llegó, en su lugar una densa niebla lo envolvía todo, el mercurio se arrastraba por los suelos, la humedad calaba hondo… y así siguió por el resto del viaje. El cielo había secuestrado al sol, que se llevó a la ilusión como rehén.

Se espera que las fotos lleguen pronto en la siguiente botella, si Poseidon quiere

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Levantando el ancla

28 junio 2011

Saipan, Micronesia

-día 628-

Por fin se terminaron de resolver los problemas, los pequeños y los grandes, por fin empezaron a soplar los vientos del norte, por fin surgió la “prisa” entre la tripulación por soltar las líneas y desplegar las velas. Por fin, un mes y un día después de mi llegada a Saipan, zarpamos.

Ha sido un duro mes de trabajo intenso, de grandes responsabilidades, de momentos tensos… pero también de camaradería, de aprendizaje, y de amor; el amor que nos ha ofrecido el pueblo de Saipan, su extrema hospitalidad que nos ha hecho sentir en casa estando tan lejos de ella. Amor que se ha materializado en cestas de frutas que llegaban a diario al barco, en comida casera que se compartía en comidas y cenas, en una invitación a conocer la cultura del pueblo chamorro, en sonrisas y ayuda desinteresada, en caras que difícilmente olvidaremos… Lo que sí olvidamos fue, por unas semanas, la prisa por echarnos a la mar, la emoción de una aventura transpacífica; fuimos el viajero que cambió por un tiempo su adicción al camino por una agradable rutina.Y el viajero se sentía a gusto.

De 21 Islas Marianas del Norte

Muchas historias de aquí se me quedaron olvidadas en el tintero electrónico, acusando la falta de tiempo. Con algo de suerte llegarán con el debido retraso isleño.

Tengo derecho a enviar un email semanal via radio, que aprovecharé en la medida de lo posible para ir publicando una pequeña crónica aquí en el blog, así que podréis ir siguiendo la travesía medianamente actualizada. ¡No me os distraigais!

Para los curiosos, he trazado la ruta prevista en este mapa

Y ya. Un abrazo para todos, nos vemos de nuevo en 6 semanas (aprox), en las Américas…

De 21 Islas Marianas del Norte