Archive for 31 marzo 2011

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¿Te acuerdas de…?

31 marzo 2011

Al sur de Margaret River, Western Australia

-día 535-

No es casualidad que sea éste y no cualquier otro el país sobre el que me ha costado exactamente un año escribir. Hace mucho, mucho tiempo, os dejé pendiente un artículo, evidentemente nadie de vosotros creísteis en ningún momento que lo fuera a escribir alguna vez. Pues bien, Radio Viña se enorgullece en presentar, con motivo del aniversario del evento:

Nepal, mon amour!

(haz clic aquí para leer el artículo)

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¡Ábrete una puerta!

21 marzo 2011

Las uvas no dan para mucha novedad, así que toca empezar a recuperar el cajón de los recuerdos y publicar algunos textos que os debía

Al sur de Margaret River, Western Australia

-día 525-

Todo empieza con la extensión de la primera falange, manteniendo el resto en hiperflexión, mano derecha, habitualmente. ¡Chas! Se establece la primera comunicación, ahora solo toca esperar…

¿Cómo será esta vez? ¿Esperaré mucho? ¿Será el primero? Mmm… apuesto por el octavo… mira, ahí viene uno, saca tu mejor sonrisa, rrrrrrrrrraunnnnnnnn… ya lo sabía: será el octavo.

Uno tras otro van pasando a mi lado, algunos muy cerca, otros se separan, algunos miran divertidos, otros me ignoran, unos pocos miran con asco, con pena… Éste viene despacio, es el sexto, echa el intermitente izquierdo, se detiene sobre el arcén, baja la ventanilla, y sonríe:

–  Hi mate, where are you going?”

– Karridale,

– Cool, jump in!”

Otra vez funcionó, el amor hacia la persona desconocida de nuevo pudo con el miedo, las ganas de ayudar al prójimo vencieron a la desconfianza. Al llegar a Karridale, Wayne reflexionó, y decidió que no le importaba hacer 50 km de más por ayudar a las dos personas que acababa de conocer; la conversación resultaba interesante y entretenida, y aunque venía de hacer un largo viaje ya sabía lo que le esperaba en su destino: el silencio de una casa vacía y la compañía del televisor. Sin embargo, aunque había vivido más de 30 años en la zona, no sabía lo que había al otro lado de los viñedos.

Ya hemos llegado, estas son nuestras tiendas, ¿nos dejaras al menos invitarte a una cerveza, ¿verdad?, no soy muy sociable -dijo Wayne- ¡pero qué importa, vamos! Y sentados en los sillones con el resto de jornaleros de diferentes países pasaron las horas, entre risas e historias. Ya bien entrada la noche, el amable conductor se despidió, alegre y confuso, ¿qué había pasado? ¿cómo he llegado yo hasta aquí? Sólo me faltaban 10 km para llegar a casa y de repente mi rutina dio paso a un surrealismo extraño y divertido. ¡Adiós, chicos, muchas gracias por todo! Seguramente volveré mañana, pero esta vez dejadme que sea yo quien aporte las cervezas.

Y las luces rojas del coche desaparecieron veloces por la pista de arena que conducía al camino principal.

De abrete puertas

Esta no es más que una de tantas bonitas historias que ocurren tras enseñar el dedo en el arcén de una carretera cualquiera. Nuestro coche había muerto tras una rápida agonía de ruido y humo, a tan sólo 50 km de los viñedos donde supuestamente íbamos a trabajar, justo el día antes de comenzar. Y lo que a priori era una horrible noticia, puesto que sin vehículo estábamos totalmente incomunicados en este desierto de viñas, ese contratiempo favoreció que Ulysses, Xavier y yo, grandes amantes del autostop con miles de kilómetros a lo largo y ancho del planeta y un buen puñado de historias divertidas a nuestras espaldas, desempolváramos nuestros pulgares y recuperásemos esta bella manera de desplazarnos por toda la región.

¿Parasitismo? ¿falta de vergüenza? ¿avaricia? ¿miseria? La opinión pública quizás pueda creerlo así, pero nuestra experiencia lo describe de manera muy diferente: como otra modalidad de viaje sostenible, una sencilla manera de facilitar la comunicación y el conocimiento entre desconocidos, de aprender de los extraños, de creer más en la gente. De darse cuenta de una vez por todas de que el mundo está lleno de buenas personas, aunque cueste, aunque nos bombardeen diariamente con imágenes de horror e historias que generen pánico a lo desconocido. Es una de las lecciones más importantes que el viaje me ha enseñado: que la mayoría de nosotros, en Suiza o en Nepal, en los pueblos de Laos o en el centro de Beijing, tenemos una sana curiosidad de de aprender cosas nuevas, de saber cómo viven las personas que vienen de otros lugares, de compararnos… y de ayudarnos. Es algo innato de la condición humana: todos nos sentimos bien ayudando a otras personas, de la manera que podemos, resulta una agradable y satisfactoria sensación, pero antes hay que luchar contra nuestros miedos y complejos, contra la desconfianza y la inseguridad.

De abrete puertas

Y una de las mejores escuelas especializadas en la materia es el autostop. Un minuto de reflexión me hace sonreir: y recuerdo a los amables camioneros polacos, a los conductores argentinos que querían que les cebase su mate, a los dos amigos malayos que sin decirnos nada se desviaron 200 km de su destino para dejarnos allí donde queríamos ir, o a aquellos otros que en lugar de llevarnos a donde íbamos, dieron media vuelta hacia su casa para hacernos disfrutar de una gran comida familiar; me acuerdo de aquella atípica pareja: él, un ex-vagabundo comunista de la meseta castellana que vivía entre cartones, ella, su mujer, una trabajadora social 20 años más joven, que se enamoró y lo llevo a su casa antes de casarse con el; o de aquel conductor marroquí que en su juventud había viajado siempre en autostop, y ahora, poseedor de un vehículo, recogía a todos los autoestopistas que veía; y ese empresario francés enfundado en un traje conduciendo un coche último modelo que tanto dudó en tomarme o no, y al final resultó tan agradecido; también me acuerdo de un camionero español al que paró la policía cerca de París y tuve que hacer de intérprete consiguiendo que no le multaran, o de un médico que venía de hacer tres días de guardia continua, y que probablemente se hubiese dormido sobre el volante si no le hubiera tomado el relevo en la conducción, o de aquel alemán que terminó tan contento de haber podido practicar su olvidado español durante los últimos 600 km… y de tantos, tantos otros. Y cómo no, me acuerdo del coche-pollo.

De abrete puertas
De abrete puertas

Todos ellos, tan diferentes entre sí, tienen algo en común: quisieron ayudarme, y no sólo eso, tras el trayecto, la gran mayoría quedaron incluso agradecidos y me llovían invitaciones: a comer, a dormir, a viajar de nuevo cuando quisiera, a aceptar un regalo… Nunca podré agradecerles personalmente todo lo que hicieron por mí, pero aún guardo su mensaje y el aprendizaje de tantas horas recorriendo los caminos del mundo.

De abrete puertas

Un buen amigo dice que lo que más le gusta del autostop es que se brinda a la gente una sencilla oportunidad de ayudar a los demás, y es muy cierto, pero sólo es el principio… lo que viene a continuación, lo que ocurre entre las coloridas paredes de chapa cambia cada vez que se salta de un vehículo a otro. Y en cada uno, una historia…

De abrete puertas
De abrete puertas
De abrete puertas
De abrete puertas
De abrete puertas

Una puerta se abre, ¿quieres subir?

De abrete puertas

SEMOS INTERNACIONALES  !!!!
Mi amigo Xavier, con el que viajo desde hace algunas semanas en Western Australia, me pidio el articulo para traducirlo en frances y colgarlo en su propio blog, cosa que evidentemente acepte complacido. Aqui la version francesa:
http://www.tourto.fr/2011/03/pourquoi-lautostop/?lang=fr

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E.M.

7 marzo 2011

Margaret River, Western Australia -día 509

Ésas eran sus iniciales. Como tantos otros inmigrantes, venía de lejos; pero a diferencia de la mayoría, él se consideraba muy afortunado, no venía por obligación sino por gusto, no tenía a una familia que mantener ni más responsabilidad que la de saciar su inagotable sed de conocimiento y aventura, venía solo, y la empresa no era fácil.

De South West Australia

Consiguió sin demasiada dificultad un visado de turista que le permitiría la estancia en Australia por tres meses, con la estricta prohibición de trabajar. Algo confuso y desorientado por el abismo cultural que le separaba de la tierra de donde venía, aterrizó en una pequeña localidad situada al norte del país. Se había comprometido con las autoridades estatales a no trabajar, pero no tenía alternativa si quería proseguir su sueño. Pronto se dio cuenta de que el norte no era una buena opción: la temporada baja turística le daba al desierto un aire más desértico, los ciclones y otros desastres naturales de las últimas semanas habían reducido a la nada toda posibilidad agrícola o pesquera. Empaquetó sus escasas propiedades y emprendió el camino del sur.

De South West Australia

Pasaron varias horas de paciente espera en el desierto hasta que apareció Marphey en una vieja ranchera:

-“C’mon, mate! -le dijo, una mano al volante y la otra en la cerveza, a la manera australiana-, has tenido suerte, ¿sabes? le gustas a Samy, es una perra muy protectora, hay autoestopistas que le caen bien y a otros les ladra desde que les ve de lejos.”

Marphey no iba a ningún sitio, o mejor dicho, le daba igual adonde ir, vagabundeaba con su ranchera a lo largo y ancho de Australia, dormía en las áreas de acampada gratuitas, se bañaba en los ríos, y hacía esporádicos trabajos aquí y allá; conocía la carretera mejor que nadie y tenía cientos de anécdotas a lo largo del trayecto. Deberían haber recorrido juntos varios cientos de kilómetros, pero los efectos del ciclón que estaba azotando el noroeste del país no tardaron en dejarse notar, los caminos se inundaron, y toda comunicación hacia el sur del país quedó cortada. Tras horas de espera, Marphey decidió regresar al norte, no sin antes desearle toda la buena suerte del mundo.

De South West Australia

Nuestro protagonista de esta semana pudo convencer entonces a una pareja de jóvenes para que le llevaran a algún sitio, a cualquiera, lejos de esa inhóspita autopista bajo las aguas. Bo y Martin nunca antes habían recogido a ningún autoestopista, de hecho, nunca habían prácticamente abandonado su Perth natal; si esta vez lo habían hecho era exclusivamente por motivos laborales, y ahora su mayor preocupación era poder estar de vuelta en casa, mil kilómetros al sur, a tiempo para la gran fiesta de esa noche; con todas las comunicaciones cortadas, eso iba a ser un problema. Pasaron el día mirando al río que sobrepasaba en 90 cm el punto más bajo de la carretera, y al caer la noche, aceptando que el milagro que esperaban que separase las aguas no llegaría, dieron un rodeo hasta el pueblo más cercano con un nuevo pasajero en el asiento de atrás.

Las constantes lluvias en el interior del país y la vasta planicie que forma la mayor parte del territorio australiano se aliaron para aislar a nuestros amigos en un bungalow de Coral Bay durante los siguientes dos días con sus dos noches. Martin tenía 20 años, era estudiante y vino al norte para acompañar a su mejor amigo; Bo tenía 22, era carpintero y había pasado la última semana trabajando intensamente en la zona industrial de Port Headland amasando una gran fortuna en sólo diez días. Eran buenos chicos, generosos, adictos a los videojuegos y a la falsa idea de la felicidad comprada a golpe de mastercard, llenos de ganas de vivir pero temerosos de conocer el mundo exterior, víctimas del lucrativo marketing de la inseguridad y de sus propios prejuicios racistas, aun siendo ambos hijos de inmigrantes. Eran probablemente el modelo de nueva generación que a no pocos políticos y empresarios les gustaría que formaran la sociedad del mañana: trabaja, consume, trabaja, consume, el mundo es peligroso, compra seguridad, nosotros te la vendemos, la nueva realidad es la que sale por los cables de la Play Station, lo de afuera es falso, peligroso y aburrido… E.M. vio con sus propios ojos cómo Bo derrochaba más de mil dólares en apenas comer y dormir durante esos dos días, y además él fue invitado a aquella bacanal del consumismo; las conversaciones que durante ese tiempo tuvieron lugar, aunque banales y superficiales en contenido, le resultaron casi reveladoras en su intento de comprender mejor a un importante sector del mundo hiperdesarrollado que marca el ritmo al que baila el planeta globalizado del siglo XXI. En la mañana del tercer día, fueron avisados que las carreteras habían abierto de nuevo, y los tres salieron hacia Perth. Por el camino, Bo detuvo su vehículo por iniciativa propia para recoger a otros dos autoestopistas. Quizá no todo está perdido.

De South West Australia
De South West Australia

Nuestro amigo llegó a Perth bien entrada la noche, allí le esperaban otros dos compañeros con los que se debía poner de nuevo en camino, en busca de un empleo ilegal que le permitiera continuar su viaje y su sueño. De nuevo, los comienzos fueron difíciles: durante largos días recorrieron el suroeste de Australia buscando contactos, leyendo periódicos, llamando a los agricultores, presentándose incluso directamente a las puertas de las granjas, estaban dispuestos para todo: bananas, mangos, manzanas, cerezas, pesca… pero al final de cada día, cuando los tres amigos plantaban la tienda de campaña al caer la noche, en la playa o el desierto, bajo un cielo estrellado que los habitantes de las ciudades nunca podrían disfrutar, el panorama parecía más y más desolador; por suerte, la naturaleza todavía era gratis en un estado en el que todo se compra o se vende; y un baño nocturno en la playa o una interesante conversación con buenos amigos hasta bien entrada la madrugada, hacía que a pesar de las dificultades, esta aventura bien estuviera mereciendo la pena.

Vista de Perth

De South West Australia

¡¡¡¡¡Comida gratis!!!!! en las tiendas de 2ºmano

De South West Australia

Comida gratis asada en las barbacoas públicas de la playa

De South West Australia

De South West Australia
De South West Australia

Una tarde el ánimo del grupo cambió: Ulysse recibió la llamada de una amiga suya que estaba trabajando en unos viñedos al sur de Margaret River, y necesitaban más mano de obra. Antes de colgar el teléfono ya se estaban dirigiendo para allá. E.M. todavía no podía permitirse el lujo de alegrarse como sus compañeros, ellos tenían visado de trabajo debido a aleatorios acuerdos entre sus respectivos países con el Gobierno de Australia, pero él no; no obstante, decidió presentarse a probar fortuna, en última instancia y entre la caradura y la desesperación, decidió también presentarse como ciudadano francés, asumiendo las consecuencias. La suerte estuvo de su parte, todos consiguieron el trabajo.

De South West Australia

La jornada comenzaba a las 5:30 am, cuando el frío aún cala hasta los huesos, todos recibían un número y unas tijeras de podar, se colocaban en una línea de parras y empezaban a llenar cubos con uvas y más uvas; con una media de 6 cubos de 20 kg cada uno por hora se reciben unos 15$/hora, y las horas dependen de la parcela que se trabaje cada día, terminando generalmente en las primeras horas de la tarde, cuando el calor ya hace horas que lo exige. El idioma que predomina entre los jornaleros no es el árabe ni el chino, tampoco el bahasa indonesia, tamul o coreano, ni siquiera el inglés. Es el francés; pues la mayoría de los trabajadores vienen de países como Francia y Bélgica, otros pocos son de Italia, Alemania, Inglaterra y sólo uno: E.M, o yo, de España. Estamos contentos aquí, tenemos dentro de la finca un área gratuita para acampar, un baño común con ducha y poco a poco nos hemos improvisado una sala común con nevera y útiles para cocinar; los propietarios han sabido inteligentemente que es mucho más productivo mantener buenas relaciones con los trabajadores y se esfuerzan por mejorarlas; incluso algunos días, tras el trabajo, se sientan con nosotros en la mesa y comparten algunos vinos de antiguas cosechas y entretenidas conversaciones.

De South West Australia

Me pillaron a traición

De South West Australia

Ulysse posando

De South West Australia

En “la peña” de la comunidad

De South West Australia

De South West Australia
De South West Australia

El trabajo, aunque monótono, hasta resulta agradable por un tiempo, y aunque físicamente sea mucho más cansado que el de aquel médico de familia de Alcossebre, en general salgo infinitamente más descansado; y aunque lo salarios no se puedan comparar, éste me parece más “real” y también más justo. Mi “pequeño problema” legal al final no tuvo más consecuencias y lo arreglamos fácilmente con un sencillo chanchullo, y aquí seguiremos muy probablemente durante el resto del mes de marzo hasta que termine la temporada.

La alegría a la salida

De South West Australia

La decepción

Selina -el coche- nos dejó tirados a unos pocos km de llegar a la ansiada finca

De South West Australia

Después, ya se verá… aún no hay prisas para saberlo y entre racimo y racimo tengo tiempo para pensarlo. Esto es una puesta en práctica de mi abstracto concepto de libertad… y me gusta.

De South West Australia

Me he permitido escribir el relato en tercera persona como una más de las miles de historias con cierto parecido que ocurren cada día en todos los rincones del planeta, omitiendo nombres, nacionalidades y circunstancias personales; con la esperanza de que este pequeño ejercicio de empatía nos haga ver más fácilmente las similaridades entre nosotros en lugar de las diferencias,de intentar comprender mejor las dificultades ajenas en lugar de verlas como una amenaza; y aún siendo consciente del privilegio que sigue suponiendo el llevar un pasaporte europeo, quería compartir con vosotros la alegría de saber que otra de estas historias termina con un final feliz.

De South West Australia