Archive for 28 septiembre 2011

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La tormenta

28 septiembre 2011

Texto escrito en la tarde de un 22 de julio… perdón, 21 de julio… aunque técnicamente era la mañana del 22 en horario internacional… ¿día 21 bis?… ¡a la mierda!, escrito a finales de julio.

De 22 El Pacífico

No se me dio bien mi primer viaje hacia atrás en el tiempo.

Recuerdo a la perfección las palabras de mi padre el día que salí de viaje: -“y si terminas viajando al pasado, ¡no toques nada!”- (dedicado a todos aquellos viejos fans de los Simpsons). A un padre siempre hay que hacerle caso, y aun teniendo el máximo cuidado, algo debí tocar, porque fue gorda la que se lió:

Durante mis escasas horas de sueño el Twin Image había atravesado la línea internacional del cambio de fecha, y cambiábamos también oficialmente de continente. La noche había sido tranquila, el diesel sustituía de nuevo al viento, ausente desde la salida, y las amenazas del tifón que nos perseguía se habían disipado tanto como nuestra ilusión tras 25 jornadas en alta mar. Cielos claros y altas presiones nos esperaban en nuestra ruta hacia Unalaska, primera y última escala en esta interminable travesía transpacífica.

Ken irrumpió en mi habitación en plena noche, empapado y nervioso: -”¡viene una tormenta, vamos!”-. Todos estaban ya afuera cuando me asomé a cubierta, en lucha feroz contra unas velas recién animadas con vida propia, rebeldes e insumisas. El barco se zarandeaba de lado a lado, los libros saltaban al vacío desde las estanterías; y platos, vasos y cubiertos se agolpaban ruidosamente contra las puertas del armario como compulsivos consumidores el primer día de rebajas. El objetivo de nuestro juego era quitar la vela principal antes de que fuera demasiado tarde. Se dice pronto. Éramos cuatro en pelea callejera contra la insolente vela, puñetazos, estirones, codazos, empujones… todo valía; en uno de sus inesperados contraataques me vi golpeado y amenazado contra las cuerdas de seguridad del bote, último refugio ante un sádico mar de fauces abiertas. Nunca se me ocurrió decirlo antes, pero es el momento de confesar que viví la escena y las horas posteriores con una emoción novedosa e insólita en la totalidad de la travesía. ¿Necesidad de aventura, mecanismos inconscientes de defensa o ignorancia del peligro? Me pondrá uno de cada, gracias.

De 22 El Pacífico

El viento seguía subiendo, rachas de hasta 50 nudos/hora azotaban a un mástil ya desnudo, la fría lluvia pegaba con fuerza, las olas barrían la cubierta y el barómetro seguía en caída libre, habiendo descendido 30 puntos en las últimas 24 horas y un pánico tácito se empezó a contagiar entre los cuatro, ¿qué iba a pasar aquí?… Los planes para afrontarlo cambiaban tanto como la dirección del viento: se hablaba de dejarnos llevar por la tormenta, de navegar hasta una isla cercana en busca de hipotético refugio, de echar el paracaídas, de rezar, el que supiera…terminamos dejándonos llevar hasta las más occidentales de las islas Aleutian, 200 millas náuticas hacia el norte, consumiendo así los últimos sorbos de gasóleo. No habíamos comido nada a lo largo de todo el día, no hubo hambre ni oportunidad para ello, pero decidí que algo simple, una sopa de noodles precocinados haría mucho bien y calentaría los ánimos. No era consciente de lo que pensaba, y fue sin duda el plato más complicado que he cocinado en toda mi vida: la cocina se había subido a un viaje en el toro mecánico, el feriante que manejaba iba borracho y los peñistas de mi lado le gritaban: -”mañá, ¿pero arrancas esto u qué?”. El agua hirviendo saltaba del cazo, los cuencos no podían quedarse quietos y todo se iba por los suelos mientras lo servía. Y en mi cabeza una y otra vez la misma absurda melodía: “en una tribu comanche, jau, jau, jau…”.

De 22 El Pacífico

Ese atípico 21 de julio tuvo 48 horas, y cada una de ellas pareció una eternidad; no hablábamos entre nosotros, había que aparentar serenidad, pero nuestras mentes compartían la misma pregunta: ¿cómo acabaría todo esto? Uno tras otro nos turnábamos para vigilar en el exterior, mientras el resto disfrutaban de un merecido descanso al calor de un horno abierto, que intentaba en vano secar nuestras ropas empapadas y unas esperanzas algo enmohecidas. Afuera nos esperaban dos largas horas de vigilancia, equipados con toda la ropa puesta y atados firmemente con arneses, el panorama era hipnotizante y sobrecogedor: plasssssssssst! Iffffffffffff, plaaaaaaaaaaaast! Era todavía de día cuando el radar mostró un barco en la cercanía ¡un barco, increíble! Ken corrió a la radio, pues hacía días que internet había dejado de funcionar y necesitábamos saber cómo evolucionaría la situación:

  • “Sailing boat Twin Image, we’re asking for weather report, over”
  • (Barco de vela Twin Image, solicitamos previsión meteorológica, cambio”)

Tuvo que intentarlo varias veces hasta que un chinito de voz encantadora respondió a la llamada, pidiéndonos paciencia mientras consultaba su sistema. Cinco minutos después recibimos la ansiada respuesta:

  • “The wede is… vely vely bad, over”.
  • “El tiempo es… mu mu malo, corto”.

El absurdo de la situación provocó que en medio de ese caos surgiera una sonora carcajada general.

La noche transcurrió con la misma intensidad que el resto del día, y no fue hasta la mañana siguiente que remitieron los vientos, y se calmaron las aguas, y el sol brilló con fuerza iluminando los puntiagudos cráteres helados de las Aleutian. Una asustadiza foca salió a darnos la bienvenida jugando alrededor del barco, mamá y bebé ballena resoplaban a lo lejos, fiordos, volcanes y glaciares configuraban el primer paisaje terrestre que veíamos en 26 días de viaje, otorgándole una belleza aún mayor que nuestras idealizaciones. El mar de Bering vivía en plena calma, soleado y frío, ajeno a la tormenta que azotaba el sur del archipiélago.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

En unas islas apenas deshabitadas, tras las deportaciones masivas de aborígenes que acontecieron durante la Segunda Guerra Mundial, pudimos abastecernos de lo mínimo necesario para seguir el viaje hasta Unalaska. Exploramos un paraíso polar, sintiéndonos náufragos en una isla desierta o clásicos exploradores ante un mundo totalmente desconocido ¿acaso no lo éramos? Acampamos una noche bajo un cielo poblado de estrellas, disfrutamos del inmenso placer que suponía la estabilidad de la tierra firme, y recuperamos algunas fuerzas para afrontar las últimas 700 millas que nos separaban de la ansiada Unalaska.

De 22 El Pacífico

Pero ese breve descanso no fue suficiente para mejorar los ánimos, a esas alturas estábamos ya todos agotados, sin paciencia ni esperanzas -”nada va a mejor, nunca nada irá a mejor”- me confesó mi compañero en una noche de sinceridad; los malos modos y el desprecio del capitán hacia nosotros iban en aumento exponencial, y el barco se estaba cayendo a pedazos. Yo no pensaba más que en llegar al ansiado destino y recuperar una libertad que siempre había poseído sin ser consciente de ella, pensaba en Alaska, en lanzarme con una inusitada explosión de energía al descubrimiento de la naturaleza, tenía mil planes para el extremo noroccidental de América…Pero todavía estaba impotentemente preso en las Aleutian.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

Los peligros y las averías se sucederon uno tras otro en el día previo a la partida, y ésto sumado a la frágil situación general, terminaron provocando irremediablemente que el orgullo y la moral del capitán, inalterables hasta la fecha, se terminaran derribando como un castillo de naipes tras un soplo de brisa marina. Al final, tras rescatar penosamente el ancla de unas rocas y con el autopiloto estropeado, comenzamos a navegar manualmente hacia Unalaska, improvisando la partida.Yo empecé en el timón, el sol se ponía grande y rojo al horizonte, una inmensa bandada de aves migratorias cubrió de repente el cielo, y una sonrisa se dibujó en mi cara, sabedor por vez primera de que estaba dirigiendo el bote hacia mi libertad.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

Porque un cumpleaños se le puede pasar a cualquiera, porque vamos llegando a cierta edad en la que nos cuesta memorizar fechas, porque: ¿otro año ha pasado ya? ¡ay que ver, hija, como pasa el tiempo!

En fin, espero que esta imagen que tomé para la ocasión, con barba de buen tipo, enmiende en parte el error. ¡Felicidades!

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Vuelta a casa

8 septiembre 2011

Vancouver, British Columbia, Canada

-día 691-

Anochece en Vancouver, de nuevo sin una nube en el cielo. La gente camina con prisa por los impolutos barrios pudientes entre las avenidas de Granville y Broadway. Van con prisa porque llegan tarde a yoga, o al gimnasio, o a la cita con sus amigos en una de las agradables terrazas que todavía sobreviven en este atípico mes de septiembre. La mayoría van a casa.

De 23 Canada

También yo puedo decirlo, dos años después puedo pronunciar esas sencillas y comunes tres palabras: “voy a casa”, y ésa es mi intención. No vengo de casa, vengo del barco, cargando de nuevo la inseparable mochila llena de las últimas pertenencias que tenía que recoger, y pesa, tanto que ni siquiera cogí la bici, así que voy directo a la parada del autobús.

La parada está llena, llena de gente que vuelven a sus hogares, ¿por qué? ¿qué pasa en casa? -me pregunto- y me doy cuenta de que nada especial sucede en mi casa, que ni siquiera me espera un panorama cómodo, así que no veo por qué tengo que ir… Mi autobús es el 99, pero llega el 16, y me planteo la siguiente pregunta: ¿qué autobús coger cuando uno no sabe dónde ir? Me subo.

De repente todo cambia y se acelera: las luces de la ciudad que hasta ahora estaban fijas, aparecen y desaparecen a gran velocidad sobre el puente de Burrard, las canciones que en un momento u otro de mi vida fueron ‘importantes’ se suceden una tras otra, las mismas caras que me acompañaron en la parada ahora toman otro color, el color de India, de China, de México, de Thailandia, de Camerún, de Bolivia, de los olvidados Territorios del Norte… siento incertidumbre y felicidad, es la libertad de la inseguridad, es el viaje encapsulado: el viaje dentro del viaje, y mi mochila tampoco quiso dejarme solo esta vez.

El bus nº16 continuó su ruta hacia el Downtown, barrio financiero y casco antiguo. La calle de Hastings, conocida en todo Norteamérica por mostrar mejor que nadie lo que nadie quiere ver, hacía méritos a su fama: un ejército formado por los colectivos más vulnerables de las grandes ciudades había tomado las calles en masa. Las aceras del centro de Vancouver se convertían de noche en un gran campamento sólo comparable con la rivera del Hooghly en Kolkata, salvo por un elemento que resultaría sencilla y cruelmente incomprensible en el Golfo de Bengala: en esta parte del mundo, la mayoría de los acampados, eran rubios. Pero no todos, y para el ojo poco familiarizado que observa tras la ventana del autobús, se podía observar una convivencia y camaradería ejemplar, casi modélica, entre aquellas gentes venidas de todos los rincones del mundo, que luchaban a brazo partido por sobrevivir en estas calles un día más.

Y el Downtown también quedó atrás, la interminable East Hastings atravesó después los barrios de Chinatown, las agitadas calles de Main Street, el ambiente bohemio y desenfadado de Commercial… sin cambiar nunca de dirección; hasta donde se pierden las últimas luces, hasta donde pasan los últimos coches, hasta donde ladran los últimos perros, hasta donde ya no queda nadie más en el autobús nº16.

De 23 Canada