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…be sure to wear some flowers in your hair

7 enero 2012

Phoenix, AZ, USA

-día  809-

¿Quién no ha soñado alguna vez con visitar San Francisco? Ya sea un sueño de elaboración propia o producto de años de publicidad mediática, yo también lo soñaba, y fue la excusa perfecta para dejarlo todo en Canadá y salir tras él.

De 24 USA San Francisco
Un sol alto y radiante y una temperatura agradable para la piel desnuda de mis blancos brazos fue el recibimiento que la ciudad me brindó. No tenía planes, ni siquiera ideas concretas, me dejaría arrastrar por el tremendo chorro de energía que la ciudad emana, seguro que algo ocurría… Acepté la amable invitación de John Paul de quedarme a vivir en su velero; no lo había vuelto a ver desde que nos despedimos allá en la fría y norteña Unalaska y tenía muchas ganas de ver cómo le trataba la vida. Seguí las indicaciones pertinentes para llegar hasta su barco, al otro lado del emblemático Golden Gate Bridge, y a mediodía le esperaba en el lugar acordado, disfrutando por primera vez en mucho tiempo de los rayos del sol incidiendo perpendicularmente sobre mi sonrisa.
De 24 USA San Francisco
Una sabrosa comida sucedió al abrazo del reencuentro, y la tarde cayó entre paseos, conversaciones y margaritas en el tranquilo municipio de Sausalito.
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
Creo que San Francisco puede convertirse cada día en la ciudad que tú quieres que sea, pese a ser una urbe nueva (para estándares europeos) y no estar excesivamente masificada, su pueblo, venido desde todos los puntos del globo, ha sabido escribir una historia única en el mundo, tantas veces pionera, tantas veces creativa, tantas veces referencia internacional de diversos movimientos, de no conformarse con los parámetros establecidos, de querer ser mejores.
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
Como Fátima en su día, también yo tuve la sensación de estar visitando un museo inacabable, sin entrada ni horarios de apertura, un museo que se crea y se destruye cada día, con exhibiciones permanentes y temporales. Cada barrio una sala que recrea una época, cada época marcando generaciones de gente luchando por sus ideas o sufriendo las ideas de otros: la misión franciscana que los españoles crearon en el siglo XVIII, la independencia e incorporación a México, la conquista por los EEUU, la fiebre del oro que atrajo las masas a la ciudad, el gran terremoto que la devastó en 1906, la reconstrucción desde sus cenizas, las guerras y su alta presencia militar, la prisión de Alcatraz, las barriadas de inmigrantes, la generación beat en North Beach en los ’50s, el movimiento hippie que desembocó en el Verano del Amor en Haight-Ashbury en los ’60s, la pacífica lucha por los derechos homosexuales en el barrio de Castro en los ’70s… hasta las actividades llevadas a cabo por el Occupy San Francisco hace escasamente un mes.
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
Me saqué un pase de visita de 8 días, con un alojamiento de lujo sobre el bote de John Paul, intenté explorar y conocer cada rincón como un turista más, tuvimos el privilegio de navegar por la bahía a bordo del Summer Solstice, conocí a gente muy merecedora de ser conocida, y reforcé antiguas amistades. Fue muy breve porque tenía una invitación en Los Angeles a la que no quería faltar, y siempre supe que esto no era más que una pequeña introducción al potencial de la ciudad, una ciudad de la que es difícil irse satisfecho, pero lo seguiré intentando en futuras ocasiones…
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
De 24 USA San Francisco
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Vuelvo al sur

30 diciembre 2011

Los Angeles, CA, USA

-día 802-

Vuelvo a intentar contar mi historia, en pedacitos, cuando se puede, pues está visto que es la única manera en que soy capaz de hacerlo. Varias son las entradas que se quedaron únicamente en el plano mental, en ese baúl infinito donde se apilan los proyectos inacabados.

De 23 Canada

Hablaban de todo un poco: del movimiento Occupy Vancouver, de las escapadas invernales por British Columbia, de experimentar en primera persona las condiciones laborales de un trabajo precario, de las emociones vividas en Vancouver que soy capaz de recoger y plasmar… Pero llegan tarde:

De 23 Canada

El Occupy Vancouver fue finalmente desmantelado por la policía tras mes y medio de acampada pacífica, donde productivas iniciativas y actividades se llevaron a cabo en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, instigadas por el amor y el deseo de un mundo más justo.

De 23 Canada

Para ese entonces los medios de comunicación ya habían conseguido poner a gran parte de la población en su contra y poco se pudo hacer para evitar el desalojo, que se llevó consigo además de las tiendas, un comedor social, una biblioteca libertaria, un centro de préstamo de material de invierno, una caseta de primeros auxilios, música en directo, salón de té, asambleas diarias, proyección de vídeos… y los sueños de mucha gente que durante unas semanas lo dejaron todo por ser el cambio que querían ver en la Tierra. Al menos, las ideas, son más difíciles de desalojar.

De 23 Canada

Ahora luce en la misma plaza un brillante árbol de navidad.

Joffrey Lakes, BCDe 23 Canada

La esclavitud al servicio de una jornada laboral apenas me permitió recorrer una parte del mundo merecedora de dedicarle tiempo y esfuerzo, y el precoz invierno de estas latitudes no invitaba a ello. A pesar de ello, varias fueron las pequeñas escapadas a los maravillosos bosques, montañas, islas y lagos alrededor de Vancouver, anticipo de lo que vendría después…

De 23 Canada

Canadá, un lugar donde los humanos aún están en fase fetal en su intento de someter a la naturaleza, donde entre los escasos y dispersos refugios de asfalto, hormigón y ondas electromagnéticas aún se extiende una vasta extensión de coníferas y hielo, inabarcable con vehículos y con la imaginación, una tierra donde los que ahora llaman “First Nations” convivieron pacífica y respetuosamente con el entorno durante milenios. A principios del siglo XXI, los remanentes de esa cultura casi aniquilada continuaban luchando por sus derechos en el ‘Occupy Vancouver’.

De 23 Canada
De 23 Canada

El trabajo en el restaurante de comida rápida… qué decir. No ha sido la experiencia más gratificante del viaje, desde luego, pero ha sido una experiencia, y como tal, un aprendizaje. A nivel práctico me ha permitido sobrevivir económicamente en Vancouver y disfrutar y conocer una de las ciudades más innovadoras y cosmopolitas que hasta ahora había visitado; y a un nivel más personal he conocido de primera mano y sufrido las condiciones de trabajo de un sector nada desdeñable de la sociedad: la avaricia de los empresarios, las estrategias de control sobre los trabajadores, la rutina y apatía del día a día, la falta de derechos y la precariedad laboral, el “trepismo” de ciertos compañeros por arañar un puesto algo menos denigrante, la solidaridad entre todos los demás y el apoyo mutuo… son lecciones que creo que no se integran en uno mismo hasta que no se sienten en primera persona, y me alegro de haberlas vivido, aunque no siempre haya sido fácil.

De 23 Canada

Siempre fui consciente del gran privilegio que suponía saber que era una vivencia con fecha de caducidad, y podía ponérsela cuando quisiera… podría haberlo echo mucho antes, ganas nunca me faltaron, pero el estrecho círculo de amistades que me había creado en Vancouver y la ciudad en sí bien merecían el esfuerzo. Y así pasaron los meses…

Mi casa…De 23 Canada

Cuando iba camino del cuarto mes en la ciudad, el ansia del viaje pudo con cualquier otro sentimiento y en tan sólo una semana, puse fin a la realidad que poquito a poco y con cariño había construido en la que está catalogada como una de las ciudades más habitables del planeta.

De 23 Canada

El lunes fue otro día rutinario de trabajo, el martes presenté la dimisión ante la sorpresa de los jefes y de muchos compañeros, el miércoles celebré una cena con motivo del abandono del trabajo- cumpleaños-despedida, y el jueves estaba ya viajando por Vancouver Island, la mayor isla de Norteamérica, del que apenas pude conocer superficialmente la parte sur.

Hugs for my birthday!De 23 Canada
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Su ciudad principal, Victoria, es todavía la capital del Estado, y un remanente de la conquista británica, como fácilmente se puede observar paseando sus calles. Allí nos alojaron Yogev y Be, una pareja israeli-canadiense, con la que compartimos risas y experiencias viajeras, una visita a los rincones más perdidos de la isla, y lo mejor de todo, su deliciosa cocina vegana. No había tiempo para más, esa misma noche recibiría en Vancouver la esperada visita de Enrique.

De 23 Canada
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Este viejo amigo me había sorprendido una semana antes proponiéndome su improvisada visita, no podía ser más oportuno, pues tras dejar el trabajo las ganas de volver a preparar un viaje a la antigua usanza me podían. Yolo se uniría también, y ya que su pasaporte mexicano no era bienvenido en los Estados Unidos nos lo ponía verdaderamente fácil a la hora de elegir la ruta, mi buena amiga María tuvo a bien prestarnos su coche para facilitarnos la aventura, y Sebastian, un joven alemán compañero de trabajo se apuntó en el último momento… ¡invierno, allá vamos!

De 23 Canada
Deporte mañaneroDe 23 Canada

Más que improvisado, el viaje fue directamente no planificado. Teníamos el boceto mental de llegar a las Montañas Rocosas en pequeñas etapas, pese a las varias decenas de grados negativos que anunciaban las previsiones; teníamos ganas, ilusión, irresponsabilidad, sacos de dormir y tiendas de campaña. Lo teníamos todo, menos neumáticos de invierno. Esa primera noche, bajo la impresionante nevada que nos atrapó al empezar a ascender la Coquihalla Highway, nos tocó estrenar las tiendas y acampar sobre y bajo la nieve en una de las salidas de la autopista. Puede parecer frío, y probablemente lo fuera, pero la sensación de libertad y felicidad ante la adaptación a las dificultades vence a todo lo demás (al menos así nos pareció a algunos de nosotros).

De 23 Canada
Cualquier sitio es bueno para un guiñoteDe 23 Canada
¡Buenos días, mundo!De 23 Canada
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Al día siguiente llegamos a nuestro primer destino: Kelowna, parando por a almorzar en un lago y aprendiendo la sofisticada técnica de la pesca en el hielo por verdaderos profesionales. En Kelowna, tras la obligatoria cata de vinos tan tradicional en el Okanagan, Chris nos alojó en su casa, nos colmó de atenciones y caprichos, y nos despedimos al segundo día realizando una ascensión nocturna a una de las montañas heladas que se alzan sobre el lago, el ron caliente con especias que iba en nuestros termos ayudó a calentar los espíritus en aquella fría noche en el valle.

El lago en cuestión…De 23 Canada
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De 23 Canada
De 23 Canada
De 23 Canada

Nos habríamos quedado más, pero debíamos continuar ruta si queríamos estar de vuelta en Vancouver a tiempo para nuestros respectivos vuelos. El pueblo de Nelson, enclavado entre montañas a los pies de las Rocosas era el siguiente objetivo, era éste un lugar que no quería dejar de visitar antes de abandonar el oeste canadiense: tradicionalmente considerado como un valle sagrado entre los indígenas americanos por la fuerte energía que emitía, dos hermanos de Washington levantaron una compañía minera 200 años atrás extrayendo del valle gran cantidad de preciados cristales; a medida que los recursos iban desapareciendo y los trabajadores emigraban, hippies venidos de todas partes del mundo se fueron asentando durante la segunda mitad del siglo XX atraídos por esa misma energía del subsuelo y llevando a cabo todo tipo de proyectos ecológicos, económicos y artísticos, creando un ambiente similar al que anteriormente había podido ver y disfrutar en pequeñas localidades de India, Guatemala o Tailandia.

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Disfrutamos del agradable ambiente invernal del pueblo, mucho más tranquilo incluso de lo que esperábamos, y continuamos ruta a Revelstoke, en el norte, o eso pensábamos. Fue una inesperada tormenta de nieve la que nos obligó a dar la vuelta en mitad de la montaña, era un riesgo innecesario continuar con nuestro plan debido al peligroso estado de las carreteras.

De 23 Canada

“No hay casualidades, todo tiene un motivo, su razón de ser” -nos hubieran dicho en Nelson-, nunca sabré si ese frente frío acompañado de bajas presiones que azotaba furiosamente el Oeste formaba o no parte de un plan divino, pero gracias a él terminamos siendo invitados a quedarnos en una casa comunitaria que preparaba una cena con invitados de lujo. Talleres de confección de cazasueños, cocina internacional, canciones, danzas, juegos, risas, sueños… hicieron de esa improvisada noche en Nelson una de las más especiales de todo el viaje.

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Pero no había tiempo para más, los días habían pasado sin darnos cuenta y todos abandonábamos Canadá en aviones que partían hacia diferentes direcciones. El contraste del blanco suelo y cielo azul del interior iba poco a poco dando paso al gris lluvioso de Vancouver. Afortunadamente sí hubo tiempo para despedidas, tantas nuevas amistades, tantos sentimientos, tantas experiencias… de repente se convirtieron en recuerdos tras la delgada línea de ese abrazo que uno quisiera prolongar indefinidamente.

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De 23 Canada
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Y ya, tuve la suerte de abandonar Vancouver en compañía de Enrique, y acampar con él la última noche de otra etapa que se cerraba en el aeropuerto de Seattle, tras un festín intempestivo de comida asiática. Un vuelo de madrugada que a veces preferiría no haber tomado me depositaba varios cientos de millas al sur, en mi cabeza aún adormecida comenzaba a resonar una famosa melodía de los 60’s:

“If you are going to San Francisco…”

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¡Gracias chicxs, por participar en el regalo-sorpesa! y aún más gracias a quien esto inventó, cortó, pegó y cosió. Aquí os muestro el resultado, ahora os tengo aún más a mano.

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Fregando platos

16 noviembre 2011

Texto que llega con un exacto mes de retraso… ¡Cruel procrastinación, deja ya de ensañarte conmigo!

Vancouver, BC, Canada,

-día 759 –

Comenzaré hoy reproduciendo un escenario corriente, común en los hogares de todo el mundo: tras ser invitado a una generosa cena, me presento voluntario a fregar los platos, Frances viene a ayudarme y comienza una ordinaria conversación que viene ya directamente doblada al castellano, en enlazadordemundos.wordpress.com todo son comodidades:

Adrián: “Por cierto, Laura me ha invitado a pasar el Día de Acción de Gracias con su familia en Kelowna, me han dado un par de días libres en el trabajo y aprovecharé para recorrer el Valle del Okanagan”.
Frances: “¿Ah, sí? A mí también me invitó, pensaba ir con el coche el viernes por la tarde, viene muchísima gente, ¡va a ser un gran fin de semana!”
A: ” ¿Te llevas el coche? Y que te parece si… ¡claro, si salimos unos días antes y nos vamos a las Montañas Rocosas!”
F: “¿En tan poco tiempo? No sé yo si…”
A: “Sí, bueno, será rápido, pero mejor que nada, ¿no? Podemos conducir de noche para ganar tiempo, es más, voy a llamar a un par de amigos que seguro se apuntarían y así compartimos gasolina…”
(Todavía quedaban restos de thai green curry en la mitad de los platos y ya teníamos organizado un improvisado road trip de una semana por las Rocky Mountains: un coche, cuatro personas, dos tiendas de campaña y grandes dosis de irresponsabilidad. Saldríamos pasado mañana).

De 23 Canada

Todo sucedió tal y como estaba no-planificado: menos de 48 horas después salíamos en un coche que rezumaba comida y trastos de acampada, llovía a cántaros en Vancouver, y la noche empezaba a caer sobre la ciudad. Próxima parada: el Parque Nacional de los Glaciares.

De 23 Canada
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Se notaba como el frío había ya tomado el interior de la provincia, una lluvia fina se había mantenido fiel a nosotros durante todo el viaje y el otoño, que se presentó de golpe y con prisas ya lo había cubierto todo de amarillo nostalgia. No una sino varias canciones de La Ronda de Boltaña se solapaban en mi cabeza… el problema no mejoró cuando me encontré de repente con una réplica a tamaño natural del macizo de las Tres Sorores.

De 23 Canada
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No es conocido Canadá precisamente por ser un destino económico para el turista, llevábamos meses aprendiéndolo, y toda la infraestructura turística de las Rocosas no cumplía otra función que la de darnos cierta envidia cuando el frío y la lluvia arreciaban más de lo previsto. Pero los que tan improvisadamente nos habíamos aventurado a la excursión ya sabíamos que para dormir no hace falta más que sueño, que ninguna comida se saborea más que cualquier cosa asada en un fuego abierto tras una dura jornada de montaña, y que no hay mejor manera de terminar esas jornadas que compartiendo una botella de vino y risas bajo los resplandecientes glaciares y una incipiente nieve que comienza a cubrirlo todo… es hora de dormir, acurrucados y tiritando, mientras se escucha el rugir de la lucha de las aguas del río contra las rocas.

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Y así transcurrieron los días, veloces como el paso del otoño, conduciendo de noche, pateando de día, entre bosques, lagos y glaciares. Se dio la particularidad de que este 12 de octubre, dos maños autocondenados al ostracismo celebramos nuestra fiesta particular ascendiendo la Ruta de los Siete Glaciares y llevando el cachirulo bien alto.

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Una vez se puso el sol, como ya me tocó hacer anteriormente tantos domingos por la noche, tuve que dejar atrás los montes y emprender camino hacia tierra plana, con escasas diferencias: antes dejaba atrás esas tucas del Sobrarbe, y ahora descendía de las Montañas Rocosas, las mismas ganas de quedarme, la misma tristeza.

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Fue una larga ruta descendiendo entre interminables valles que brillaban intensamente a la luz de la luna, horas y horas de zig-zags, bosques, nieves, ríos, lagos… que se iban haciendo más y más sutiles, aun sin nunca llegar a disiparse completamente, pues es el paisaje que da razón de ser al Estado de British Columbia, y este estado es la imagen que a cualquiera le viene a la mente cuando le mencionan la palabra “Canadá”; pasada la medianoche llegábamos al pueblo de Kelowna, en pleno corazón del Okanagan. Laura salió a recibirnos, hambrienta de detalles del que fue calificado como “alocado” plan, nosotros los intercambiamos gustosamente, hambrientos de necesidades más mundanas. Todos quedamos ampliamente satisfechos con el resultado.

El Día de Acción de Gracias (Thanksgiving Day), que todos hemos visto hasta la saciedad gracias a la incansable labor de Hollywood por exportar sus valores culturales a lo largo y ancho del globo, parece que tiene su origen en una combinación de tradiciones europeas e indígenas americanas, donde ambas culturas daban gracias por una fructífera cosecha. Debido a las temperaturas que se nos vienen y a lo poquito que dura el otoño en estas latitudes, en Canadá se celebra un mes y medio antes que en el vecino sureño, y su ejecución es tan simple y maravillosa como cualquier otra fiesta de relativa importancia en otro punto del planeta: festival de platos. Tantos como quepan en la mesa, con el tradicional pavo como estrella principal, ¿pero sólo vas a comer eso? ¡de mi casa tu no te irás con hambre! ¡paf! antes de que te des cuenta ya te han calzado otro plato. Y es que hay ciertos comportamientos que parecen estar bien enraizados en el inconsciente colectivo humano, afortunadamente.

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Pasamos el día que nos quedaba explorando el valle del Okanagan, pequeño oasis de sol y agradables temperaturas alrededor de un fértil lago, un pequeño microclima mediterráneo que ha favorecido que la región se subespecializase en la bodega de Canadá, con nuevos pero prometedores vinos, quesos y aceites. Laura, acumulando aún más méritos de anfitriona ejemplar, nos preparó un circuito por las bodegas alrededor del valle, catando los diferentes vinos que se cultivan en la región, incluido el famoso ‘ice wine’, que se cosecha cuando las uvas están ya congeladas conservando así el azúcar más concentrado y resultando un vino dulce especial para postres. En definitiva, un día atípicamente esnob que puso fin a la improvisada escapada.

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Moraleja

Fregar los trastos puede resultar mucho más divertido de lo que puedes creer.

De 23 Canada
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Vancouver

26 octubre 2011

Vancouver, BC, Canadá

-día 738-

(Todas las fotos son tomadas en la ciudad de Vancouver y alrededores)

Y como venía diciendo: el Twin Image atracó en Vancouver un 17 de agosto de 2011, y yo con él. ¿Y qué haría yo en Vancouver? ¡Yo qué sabía! Había llegado totalmente por casualidad, como podría haber llegado a Acapulco, Lima o Valparaíso, con el único equipaje de un permiso de trabajo en Canadá válido por un año y unas ganas agresivas de vagabundear por tierra firme.

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La agenda de nuestros primeros días era clara y concisa: había que darle un repaso al barco de arriba a abajo, sacarle brillo, dejarlo como nuevo… y eso ni pintaba fácil ni relajado. Evidentemente, hubo problemas: problemas con mi visa, problemas entre los miembros de la tripulación, problemas con los plazos… Sólo en nuestra segunda noche en tierra, un altercado que derivó en violencia entre el propietario del velero y uno de los tripulantes, hizo estallar en mil pedazos esta guerra fría que se había alargado durante meses. Un lamentable espectáculo que puso fin a la odisea náutica; semanas después vendrían intereses personales, trucos de prestidigitación, dijedigodigodiegos, promesas, juicios y amenazas.

De 23 Canada

Pero Vancouver se mostraba amable y nos recibió con sus primeros días soleados y calores estivales (a mediados de agosto). Personalmente, todavía no tenía dónde acudir ni estaba motivado para pagar un albergue, así que olvidando que un día tuve dignidad, me quedé varios días más viviendo en el barco hasta que encontrase algún lugar donde guarecerme. Una vez pasó la tempestad y el barco quedó vacío y a mi merced, tuve la sensación de recuperar un sentimiento de libertad que no sentía desde que abandonase Filipinas, casi 3 meses atrás, y tenía pensado hacer uso de ella. Para ese día, el grupo de Couchsurfing de Vancouver había organizado un evento en Wreck Beach, una playa natural al oeste de la ciudad rodeada de bosques y montañas -aún nevadas-, y nudista. El ambiente más liberal y bohemio de Vancouver estaba concentrado en varios metros de arena, y el contraste viniendo de la casta y conservadora Asia no podía ser más radical.

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Contraste en todos los sentidos. Allí conocería a mis primeras amistades en Norteamérica, y también me empezaría a familiarizar con el individualismo, el respeto extremo y la discreción tan poco abundantes en el lugar de donde venía. Esa primera mañana empezaría a planificar mi futura vida en la ciudad donde pensaba establecerme… provisionalmente: casa, trabajo, bicicleta, descubrir la ciudad… me llovían opciones y oportunidades, lo difícil era decidirse por una.

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Y es que Vancouver guarda la reputación de ser una de las ciudades con mayor calidad de vida de todo el planeta, tiene de todo: playa, montaña, bosques, ríos, cultura, asociacionismo, multiculturalismo… sin salir del centro. Lo que la publicidad tiene más calladito es que también es uno de los lugares más caros para vivir, y que ese sol tan simpático que nos recibió suele estar escondido tras una cortina de lluvia más de nueve meses al año. Prioridad absoluta: encontrar un trabajo, ya.

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Pete me alojó en su casa durante casi una semana y me dio valiosos consejos para empezar a moverme en la ciudad; Kat me hospedaría más adelante y haríamos algunas escapadas por los alrededores; Kaye -la enfermera y amiga filipina con la que hice el voluntariado en un orfanato indonesio- llegaría después de visita desde Los Ángeles, llevándome a vivir con la comunidad filipina en Vancouver… parecía que la cuestión laboral podría esperar…

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Desde el coche…

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Pero la dura realidad era que esa vida no podría durar mucho, y diariamente dedicaba una parte del día a buscar habitación y trabajo, a principios de septiembre había conseguido ambas cosas…

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Con respecto al trabajo, las prisas y la necesidad hicieron que terminase aceptando un puesto en un restaurante mexicano, el fenómeno Banderas está en alza, y ahora hago burritos, quesadillas y tacos, aprendiendo la experiencia del ritmo de trabajo en Norteamérica y toda una serie de interesantes reflexiones que espero publicar aquí un poco más adelante (siiii, vaaaaale, con foto incluida, ¡ay que ver cómo sois!)

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Y en lo que respecta a la casa… ha sido la comidilla y el tema diario de conversación de todos mis amigos durante semanas. Incapaz de encontrar un lugar en una casa comunitaria como llevaba intención, alquilé una habitación barata a las afueras de la ciudad con un tipo al que catalogué como “interesante” durante la entrevista. Este compañero de piso, mayor, periodista de profesión, activista comprometido con la ecología y los derechos humanos con el que charlé durante horas en torno a un té orgánico hecho y mezclado por él; resultó ser un cuadro psiquiátrico agudo y florido de los que veía frecuentemente por el hospital. Las anécdotas que en mi casa ocurrieron durante el mes de septiembre no darían para una entrada sino para un libro entero, a caballo entre la ciencia y la comedia. Aguanté estoicamente, un mes entero, un mes horrible, para poder recuperar una fianza que a duras penas cobré al final. Pese a todo, reinauguré mi habitación de Couchsurfing, las ganas de devolver parte de todo lo que se me ha dado durante todos estos años pudieron a los “pequeños contratiempos”, y volví a alojar a viajeros de todo el mundo, que a su vez hicieron la estancia un poquito más agradable, y la casa parecía un poco más un hogar. El 30 de septiembre, salía por la puerta rumbo al que sería mi hogar de verdad.

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Couchsurfing life style

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Pero entonces… ¿qué hago aquí? ¿será que me gusta que me exploten haciendo burritos y compartir casa con un enfermo incapaz de vivir en comunidad? No voy a mentir, no ha sido fácil, pero tampoco nunca dije que el Viaje fueran sólo momentos agradables nostálgicos de recordar. El Viaje es vivir a gran intensidad, lo bueno y lo malo, y con intensidad se aprende.
Vancouver también me iba dosificando muy buenas sorpresas y aventuras, me reservaba amigxs que me han ayudado en todo lo posible y con los que he vivido momentos inolvidables, me aportó sabiduría y perseverancia, me regaló experiencias y reflexiones, me dio vida… en sólo dos meses.
No sé cuánto tiempo más le terminaré dedicando a esta ciudad que me dio la bienvenida a la esperada América, las novedosas experiencias van poco a poco tornándose en rutina y mi mente hace planes, planes, planes, a mayor velocidad de lo que puedo asimilar. Al final, como suele pasar, fruto de la casualidad o el impulso, uno de ellos trascenderá, me obligará a actuar, y me pondré de nuevo en marcha, rumbo a todavía no sé dónde. Pero no me quiero adelantar a los acontecimientos…

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Dim Sum with Couchsurfers

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Balkan Night

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¿A alguien más le resulta familiar? Hallada perdida en North Vancouver

De 23 Canada

De 23 Canada
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En el próximo episodio…

De 23 Canada
De 23 Canada
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… y que cumplas muchos más!

19 octubre 2011

Vancouver, BC, Canadá

-día 731-

Y ya dos años desde que cruzase aquel Puerto Biello, que se dice pronto…

De 23 Canada

Dos años intensos, de intensas aventuras, intensos pensamientos, intensa soledad, intensos encuentros, intensos problemas, intenso aburrimiento…

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Dos años de rico aprendizaje…

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de severa autocrítica…

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de creerme perdido…

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y encontrarme de nuevo.

De 23 Canada

Dos años de resistencia y de adaptación plena a cualquier circunstancia…

De 23 Canada

de descubrir las pocas cosas materiales que realmente necesitamos para viajar, el escaso presupuesto con el que se puede seguir adelante y de reflexionar sobre todas aquellas “necesidades” que siempre hemos creído básicas, obligatorias e imprescindibles.

De 23 Canada

De creer estar conociendo de primera mano lo que realmente necesitamos para ser felices…

De 23 Canada

El año pasado sobre estas fechas, exactamente en esta misma fecha, reflexionaba sobre el viaje durante una lluviosa mañana en Rangoon, Birmania. Esas líneas nunca fueron publicadas, hoy reproduciré parte de ellas:

[…]Parece fácil en principio saber cuánto he perdido por el hecho de no haber trabajado durante el pasado año, basta saber multiplicar por 12 (a fecha de hoy ya serían 24) , redondear y restar. Las ganancias, en cambio, son algo más complejas de cuantificar…


¿a cómo está actualmente el pack de diez puestas de sol?
¿cuánto gano jugando con los niños de Muang Ngoi Neua, Laos, intentando enseñarles que aunque distintos, somos todos iguales?
¿cómo puedo obtener un beneficio comprometiéndome con la causa tibetana o birmana?
¿cuánto cobran por hora de conversación los indios que aleatoriamente se sientan contigo a compartir té, samosas y curiosidades?
¿qué interés anual recibiré por los idiomas, conocimientos y experiencias que voy acumulando?
¿Cotizan al alza las acciones de SONRI.SA en los países más castigados? ¿es arriesgado invertir?
Si monto en un tren ruso con 3 paquetes de sopa de noodles instantáneos, entrego dos, y recibo gestos de agradecimiento y ternura durante el resto del viaje, ¿cuánto me queda al final?, ¿y si divido mi mate entre infinitos curiosos por una novedosa y amarga bebida, me queda cero como dice la aritmética?
[…]

De 23 Canada

“No tendré nada en mi bolsa,

pero soy millonario con mis viajes”

Miguel Manrique, vagabundo argentino

De 23 Canada

Gracias, María, por la sorpresa del jamón, nunca se me habría ocurrido mejor manera de celebrar nada.
Y también a ti, Frances, por el vino que lo acompañó y por ayudarme en mi primera experiencia con la empanada.

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Navega on-line

15 octubre 2011

Vancouver, BC, Canada

-día 730  –

Y con este capítulo cierro la etapa marítima, arribada a puerto con sustancial retraso.

Será una entrada atípica, de pocas letras y abundante material audiovisual. Sin que sirva de precedente, no serán las palabras las que te llevarán de viaje esta vez, sino esta colección de imágenes y videos cuidadosamente seleccionada para que disfrutes  en varios minutos de una travesía tranoceánica de dos meses de duración, sin soportar el asfixiante calor de las Marianas ni el frío estremecedor del Mar de Bering, sin sentir la humedad en los huesos ni la incertidumbre agobiante de una tempestad en alta mar; sin el exigente trabajo que el viaje requiere ni los gritos de tus superiores, sin tener que estar despierto día y noche… con la comodidad y la certeza de que en el momento que elijas serás capaz de apartar la vista de la pantalla, y en el horizonte aparecerá algo más que un azul infinito, tu cuerpo dejará de balancearse, y tus pies nunca se alejarán de la estable seguridad de la tierra.

De 22 El Pacífico

¡Tuuuuuuuuuuuuuuuup! ¡Soltad amarras, desatad las defensas, encended motores, nos vamos!

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

De 22 El Pacífico

De 22 El Pacífico
Y a partir de aquí… la nada, mi bola de cristal.

Amanecer…

De 22 El Pacífico

… y atardecer.

De 22 El Pacífico

Amanecer…

De 22 El Pacífico

…y atardecer.

De 22 El Pacífico

Pero un día nos esperaba una sorpresa:

De 22 El Pacífico

era el atolón de Maug, en el extremo norte del Archipiélago de las Marianas, un volcán sumergido… toda una maravilla de la naturaleza.

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Tras él, vendría mes y medio de amaneceres… y atardeceres.

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Eso sí, ¿creíais que estábamos sólos?

…y ballenas

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y otros grandes mamíferos

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Un día, de repente y sin previo aviso, llegó el frío

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y de esta clásica imagen

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pasamos a esta otra

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Esta ya os la sabéis con detalle…

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…pero no que hasta en esos peores momentos, nuestros amigos nunca nos abandonaron

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Por nuestra parte, desarrollamos un mecanismo adaptativo al duro trabajo y a la soledad

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Pero el viaje se hacía largo y empezábamos a demenciarnos y delirar…

(Mar de Bering, temperatura exterior: unos 5 grados C, temperatura del agua: menos)

Por el camino íbamos haciendo más y más amistades

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Hasta que al fin llegamos a nuestra primera y última escala en todo el trayecto: Unalaska

donde pese a la alegría de avistar tierra firme, el clima nos hizo echar de menos aquellas islas tropicales donde habíamos permanecido tanto tiempo.

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Unalaska, la más oriental del Archipiélago de las Aleutian, está situada junto a Alaska continental. Habitada durante milenios por el pueblo Aleut, fue visitada por marineros rusos y españoles en los siglos XVII y XVIII, ocupada por los japoneses durante la II Guerra Mundial, evacuada por los estadounidenses al mismo tiempo dejando al archipiélago completamente desierto, y repoblada en las siguientes décadas por pescadores de todas nacionalidades, hasta convertirse en lo que es hoy: una enorme planta enlatadora de pescado, fiesta de los contratos basura, del trabajo temporal, y de la especulación con los precios en el mercado. Aún así, esta pequeña isla-volcán corrió mejor suerte que sus vecinas, víctimas de las pruebas nucleares que se llevaron a cabo durante la Guerra Fría…

Aún así, las Aleutian permiten mirar para otro lado y seguir maravillándose con su particular naturaleza polar

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Dutch Harbor, Unalaska, 11 de la noche:
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Salvajismo ¿por parte de quién? y cohabitación

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Carteles locales…

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Integración

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Nos vamos… el día 5 por la noche, perdiéndome la conferencia de este maestro por menos de 24 horas.

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Despedimos a John Paul en el puerto, que voló directamente a San Francisco, continuando sólo nosotros tres. Conocéis también los detalles sobre cuánto intenté abandonar el barco y recorrer Alaska por mi cuenta, por lo que no volveré a hurgar en la herida. Ésa queda para mi cesto de cosas pendientes.

A partir de ahí, fueron dos semanas más de trayecto hasta Vancouver, que pasaron con relativa tranquilidad, en el ambiente más respetuoso y cordial que el Twin Image había conocido.

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¡Tierra! Era la tarde del 16 de agosto, Estado de Washington, USA.

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Faltaban escasas horas para llegar cuando de repente, un tronco chocó contra el barco, dañando completamente uno de los motores, un desastre que acarrearía largas y penosas consecuencias durante las semanas y meses que vendrían… Pero eso queda para otro capítulo.

¡LLegamos a Vancouver tras haber navegado por completo el Pacífico Norte! 17 de agosto de 2011.

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Detalle de la ruta seguida, grabada por la computadora del barco.

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La tormenta

28 septiembre 2011

Texto escrito en la tarde de un 22 de julio… perdón, 21 de julio… aunque técnicamente era la mañana del 22 en horario internacional… ¿día 21 bis?… ¡a la mierda!, escrito a finales de julio.

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No se me dio bien mi primer viaje hacia atrás en el tiempo.

Recuerdo a la perfección las palabras de mi padre el día que salí de viaje: -“y si terminas viajando al pasado, ¡no toques nada!”- (dedicado a todos aquellos viejos fans de los Simpsons). A un padre siempre hay que hacerle caso, y aun teniendo el máximo cuidado, algo debí tocar, porque fue gorda la que se lió:

Durante mis escasas horas de sueño el Twin Image había atravesado la línea internacional del cambio de fecha, y cambiábamos también oficialmente de continente. La noche había sido tranquila, el diesel sustituía de nuevo al viento, ausente desde la salida, y las amenazas del tifón que nos perseguía se habían disipado tanto como nuestra ilusión tras 25 jornadas en alta mar. Cielos claros y altas presiones nos esperaban en nuestra ruta hacia Unalaska, primera y última escala en esta interminable travesía transpacífica.

Ken irrumpió en mi habitación en plena noche, empapado y nervioso: -”¡viene una tormenta, vamos!”-. Todos estaban ya afuera cuando me asomé a cubierta, en lucha feroz contra unas velas recién animadas con vida propia, rebeldes e insumisas. El barco se zarandeaba de lado a lado, los libros saltaban al vacío desde las estanterías; y platos, vasos y cubiertos se agolpaban ruidosamente contra las puertas del armario como compulsivos consumidores el primer día de rebajas. El objetivo de nuestro juego era quitar la vela principal antes de que fuera demasiado tarde. Se dice pronto. Éramos cuatro en pelea callejera contra la insolente vela, puñetazos, estirones, codazos, empujones… todo valía; en uno de sus inesperados contraataques me vi golpeado y amenazado contra las cuerdas de seguridad del bote, último refugio ante un sádico mar de fauces abiertas. Nunca se me ocurrió decirlo antes, pero es el momento de confesar que viví la escena y las horas posteriores con una emoción novedosa e insólita en la totalidad de la travesía. ¿Necesidad de aventura, mecanismos inconscientes de defensa o ignorancia del peligro? Me pondrá uno de cada, gracias.

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El viento seguía subiendo, rachas de hasta 50 nudos/hora azotaban a un mástil ya desnudo, la fría lluvia pegaba con fuerza, las olas barrían la cubierta y el barómetro seguía en caída libre, habiendo descendido 30 puntos en las últimas 24 horas y un pánico tácito se empezó a contagiar entre los cuatro, ¿qué iba a pasar aquí?… Los planes para afrontarlo cambiaban tanto como la dirección del viento: se hablaba de dejarnos llevar por la tormenta, de navegar hasta una isla cercana en busca de hipotético refugio, de echar el paracaídas, de rezar, el que supiera…terminamos dejándonos llevar hasta las más occidentales de las islas Aleutian, 200 millas náuticas hacia el norte, consumiendo así los últimos sorbos de gasóleo. No habíamos comido nada a lo largo de todo el día, no hubo hambre ni oportunidad para ello, pero decidí que algo simple, una sopa de noodles precocinados haría mucho bien y calentaría los ánimos. No era consciente de lo que pensaba, y fue sin duda el plato más complicado que he cocinado en toda mi vida: la cocina se había subido a un viaje en el toro mecánico, el feriante que manejaba iba borracho y los peñistas de mi lado le gritaban: -”mañá, ¿pero arrancas esto u qué?”. El agua hirviendo saltaba del cazo, los cuencos no podían quedarse quietos y todo se iba por los suelos mientras lo servía. Y en mi cabeza una y otra vez la misma absurda melodía: “en una tribu comanche, jau, jau, jau…”.

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Ese atípico 21 de julio tuvo 48 horas, y cada una de ellas pareció una eternidad; no hablábamos entre nosotros, había que aparentar serenidad, pero nuestras mentes compartían la misma pregunta: ¿cómo acabaría todo esto? Uno tras otro nos turnábamos para vigilar en el exterior, mientras el resto disfrutaban de un merecido descanso al calor de un horno abierto, que intentaba en vano secar nuestras ropas empapadas y unas esperanzas algo enmohecidas. Afuera nos esperaban dos largas horas de vigilancia, equipados con toda la ropa puesta y atados firmemente con arneses, el panorama era hipnotizante y sobrecogedor: plasssssssssst! Iffffffffffff, plaaaaaaaaaaaast! Era todavía de día cuando el radar mostró un barco en la cercanía ¡un barco, increíble! Ken corrió a la radio, pues hacía días que internet había dejado de funcionar y necesitábamos saber cómo evolucionaría la situación:

  • “Sailing boat Twin Image, we’re asking for weather report, over”
  • (Barco de vela Twin Image, solicitamos previsión meteorológica, cambio”)

Tuvo que intentarlo varias veces hasta que un chinito de voz encantadora respondió a la llamada, pidiéndonos paciencia mientras consultaba su sistema. Cinco minutos después recibimos la ansiada respuesta:

  • “The wede is… vely vely bad, over”.
  • “El tiempo es… mu mu malo, corto”.

El absurdo de la situación provocó que en medio de ese caos surgiera una sonora carcajada general.

La noche transcurrió con la misma intensidad que el resto del día, y no fue hasta la mañana siguiente que remitieron los vientos, y se calmaron las aguas, y el sol brilló con fuerza iluminando los puntiagudos cráteres helados de las Aleutian. Una asustadiza foca salió a darnos la bienvenida jugando alrededor del barco, mamá y bebé ballena resoplaban a lo lejos, fiordos, volcanes y glaciares configuraban el primer paisaje terrestre que veíamos en 26 días de viaje, otorgándole una belleza aún mayor que nuestras idealizaciones. El mar de Bering vivía en plena calma, soleado y frío, ajeno a la tormenta que azotaba el sur del archipiélago.

De 22 El Pacífico
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En unas islas apenas deshabitadas, tras las deportaciones masivas de aborígenes que acontecieron durante la Segunda Guerra Mundial, pudimos abastecernos de lo mínimo necesario para seguir el viaje hasta Unalaska. Exploramos un paraíso polar, sintiéndonos náufragos en una isla desierta o clásicos exploradores ante un mundo totalmente desconocido ¿acaso no lo éramos? Acampamos una noche bajo un cielo poblado de estrellas, disfrutamos del inmenso placer que suponía la estabilidad de la tierra firme, y recuperamos algunas fuerzas para afrontar las últimas 700 millas que nos separaban de la ansiada Unalaska.

De 22 El Pacífico

Pero ese breve descanso no fue suficiente para mejorar los ánimos, a esas alturas estábamos ya todos agotados, sin paciencia ni esperanzas -”nada va a mejor, nunca nada irá a mejor”- me confesó mi compañero en una noche de sinceridad; los malos modos y el desprecio del capitán hacia nosotros iban en aumento exponencial, y el barco se estaba cayendo a pedazos. Yo no pensaba más que en llegar al ansiado destino y recuperar una libertad que siempre había poseído sin ser consciente de ella, pensaba en Alaska, en lanzarme con una inusitada explosión de energía al descubrimiento de la naturaleza, tenía mil planes para el extremo noroccidental de América…Pero todavía estaba impotentemente preso en las Aleutian.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

Los peligros y las averías se sucederon uno tras otro en el día previo a la partida, y ésto sumado a la frágil situación general, terminaron provocando irremediablemente que el orgullo y la moral del capitán, inalterables hasta la fecha, se terminaran derribando como un castillo de naipes tras un soplo de brisa marina. Al final, tras rescatar penosamente el ancla de unas rocas y con el autopiloto estropeado, comenzamos a navegar manualmente hacia Unalaska, improvisando la partida.Yo empecé en el timón, el sol se ponía grande y rojo al horizonte, una inmensa bandada de aves migratorias cubrió de repente el cielo, y una sonrisa se dibujó en mi cara, sabedor por vez primera de que estaba dirigiendo el bote hacia mi libertad.

De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico
De 22 El Pacífico

Porque un cumpleaños se le puede pasar a cualquiera, porque vamos llegando a cierta edad en la que nos cuesta memorizar fechas, porque: ¿otro año ha pasado ya? ¡ay que ver, hija, como pasa el tiempo!

En fin, espero que esta imagen que tomé para la ocasión, con barba de buen tipo, enmiende en parte el error. ¡Felicidades!

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Vuelta a casa

8 septiembre 2011

Vancouver, British Columbia, Canada

-día 691-

Anochece en Vancouver, de nuevo sin una nube en el cielo. La gente camina con prisa por los impolutos barrios pudientes entre las avenidas de Granville y Broadway. Van con prisa porque llegan tarde a yoga, o al gimnasio, o a la cita con sus amigos en una de las agradables terrazas que todavía sobreviven en este atípico mes de septiembre. La mayoría van a casa.

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También yo puedo decirlo, dos años después puedo pronunciar esas sencillas y comunes tres palabras: “voy a casa”, y ésa es mi intención. No vengo de casa, vengo del barco, cargando de nuevo la inseparable mochila llena de las últimas pertenencias que tenía que recoger, y pesa, tanto que ni siquiera cogí la bici, así que voy directo a la parada del autobús.

La parada está llena, llena de gente que vuelven a sus hogares, ¿por qué? ¿qué pasa en casa? -me pregunto- y me doy cuenta de que nada especial sucede en mi casa, que ni siquiera me espera un panorama cómodo, así que no veo por qué tengo que ir… Mi autobús es el 99, pero llega el 16, y me planteo la siguiente pregunta: ¿qué autobús coger cuando uno no sabe dónde ir? Me subo.

De repente todo cambia y se acelera: las luces de la ciudad que hasta ahora estaban fijas, aparecen y desaparecen a gran velocidad sobre el puente de Burrard, las canciones que en un momento u otro de mi vida fueron ‘importantes’ se suceden una tras otra, las mismas caras que me acompañaron en la parada ahora toman otro color, el color de India, de China, de México, de Thailandia, de Camerún, de Bolivia, de los olvidados Territorios del Norte… siento incertidumbre y felicidad, es la libertad de la inseguridad, es el viaje encapsulado: el viaje dentro del viaje, y mi mochila tampoco quiso dejarme solo esta vez.

El bus nº16 continuó su ruta hacia el Downtown, barrio financiero y casco antiguo. La calle de Hastings, conocida en todo Norteamérica por mostrar mejor que nadie lo que nadie quiere ver, hacía méritos a su fama: un ejército formado por los colectivos más vulnerables de las grandes ciudades había tomado las calles en masa. Las aceras del centro de Vancouver se convertían de noche en un gran campamento sólo comparable con la rivera del Hooghly en Kolkata, salvo por un elemento que resultaría sencilla y cruelmente incomprensible en el Golfo de Bengala: en esta parte del mundo, la mayoría de los acampados, eran rubios. Pero no todos, y para el ojo poco familiarizado que observa tras la ventana del autobús, se podía observar una convivencia y camaradería ejemplar, casi modélica, entre aquellas gentes venidas de todos los rincones del mundo, que luchaban a brazo partido por sobrevivir en estas calles un día más.

Y el Downtown también quedó atrás, la interminable East Hastings atravesó después los barrios de Chinatown, las agitadas calles de Main Street, el ambiente bohemio y desenfadado de Commercial… sin cambiar nunca de dirección; hasta donde se pierden las últimas luces, hasta donde pasan los últimos coches, hasta donde ladran los últimos perros, hasta donde ya no queda nadie más en el autobús nº16.

De 23 Canada
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Episodio 2: Transiciones

21 agosto 2011

Aunque data de mitad de julio y parece escrito unos cientos de millas al este de las costas japonesas, este texto apareció recientemente en una playa de Canadá, enrollado en una botella de vino malo australiano.

EPISODIO 2: TRANSICIONES

N 43º 56.9′

E 154º 38.5′

Al observar un mapamundi solemos entretenernos saltando de país en país con extrema facilidad, fantaseando con exóticas capitales, atravesando ríos y escalando montañas de los cinco continentes. Nuestra vista se pierde en un mar de colores diversos: el amarillo de Portugal, el verde de Rusia, el rosa de Argentina, el morado de India… el ojo más fino puede incluso navegar hasta ciertos archipiélagos melanesios o a las islas más remotas del Atlántico Sur, pero… ¿y lo que queda en el camino? ¿cuántas veces prestamos atención al extenso color azul? Pocas, muy pocas. Y es comprensible: un infinito desierto, inabarcable, inimaginable, tan extenso como nuestra fantasía lo quiera crear. Ininterrumpible, salvo por esa pareja de albatros que revolotean alrededor, o por basura flotante de la más diversa barrida por el reciente tsunami, o por los delfines que juegan al paso del barco, o las caprichosas pinturas del cielo, o el iceberg que avistaríamos semanas después… excepciones que confirman la regla de la monotonía extrema impuesta por la naturaleza; el arte y la destreza residen en encontrarle la belleza, que la tiene.

Pero entonces no sabía lo que sé ahora: que al aceptar embarcarme en esta aventura, estaba cambiando la libertad de movimiento por la mía propia. Y la monotonía se coló por las rendijas del barco, inundándolo progresivamente de rutina, que como todos saben, es difícil de achicar. Las horas se hacían días, y los días, semanas, realizando las mismas actividades, los mismos trabajos, bajo las mismas inquebrantables e indiscutibles normas. Y así, mientras el cuerpo se iba inevitablemente sumergiendo en esa prisión marina, la mente salía a flote, más fuerte que nunca, rememorando constantemente vivencias y caras que habían quedado atrás, anticipando experiencias que esperaban ser vividas, y fantaseando con las invisibles costas colindantes, recónditos y misteriosos lugares con los que me tendría que conformar con pasar de largo: islas Sajalines, islas Kuriles, península de Kamchatcha, islas Aleutian… tendrán que esperar su momento en un futuro.

Todavía en la segunda semana de travesía, y al final de una larga guardia nocturna, el esperado amanecer nunca llegó, en su lugar una densa niebla lo envolvía todo, el mercurio se arrastraba por los suelos, la humedad calaba hondo… y así siguió por el resto del viaje. El cielo había secuestrado al sol, que se llevó a la ilusión como rehén.

Se espera que las fotos lleguen pronto en la siguiente botella, si Poseidon quiere

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Episodio 0: Dans le port de Saipan

5 agosto 2011

Unalaska, Alaska, US

No pudo ser, las conexiones no nos permitieron más comunicación que la única que salió por salvarme la cara, pero lo prometido es deuda, en las próximas entradas viene detallada la crónica de esta larga e intensa etapa de navegante, de cabo a rabo, en cómodos episodios, empezando por una que os debía desde hace ya tiempo…

De 21 Islas Marianas del Norte

Dans le port d’Amsterdam
Y a des marins qui meurent
Pleins de bière et de drames
Aux premières lueurs
Mais dans le port d’Amsterdam
Y a des marins qui naissent
Dans la chaleur épaisse
Des langueurs océanes

Dans le port d’Amsterdam
Y a des marins qui mangent
Sur des nappes trop blanches
Des poissons ruisselants
Ils vous montrent des dents
A croquer la fortune
A décroisser la Lune
A bouffer des haubans
Et ça sent la morue
Jusque dans le coeur des frites
Que leurs grosses mains invitent
A revenir en plus
Puis se lèvent en riant
Dans un bruit de tempête
Referment leur braguette
Et sortent en rotant

Jacques Brel

Y drásticamente, con nervios, con prisas, y sobre todo con la sensación de que me había sabido a poco, dejé atrás Filipinas. Sentía que tras esta última frontera estaba cerrando de un portazo la puerta que conducía a un vasto continente, a un lugar por el que había vivido cómodamente con la tranquilidad y la felicidad de quien se mueve por territorio conocido. Y otra puerta se me abría de golpe, daba a un callejón estrecho y oscuro, totalmente desconocido, pero me adentré con la confianza del que cree saber lo que está haciendo; al final del pasaje, lejano todavía, abstracto y difuso, se dejaba intuir el continente americano. Con esos pensamientos en la cabeza aterricé en la pequeña isla de Saipan, en las Islas Marianas del Norte.
Desde que el Viaje tuvo el capricho de enviarme hacia ese remoto e inesperado lugar, siendo todavía jornalero en un lejano viñedo australiano, había intentado hacerme una idea de cómo serían esas islas en la actualidad, de si quedaría algún vestigio real de lo que la exótica Micronesia resulta para el ojo occidental, o si por el contrario sería otro falso decorado tropical al que las agencias de viajes mandan hordas de turistas a la caza de la postal de playa y cocotero. Recopilé informaciones:

De 21 Islas Marianas del Norte

Es todavía un enigma cómo el pueblo chamorro pobló el archipiélago, pero se piensa que fueron navegantes indonesios quienes llegaron a estas islas tan pronto como en el año 1.500 aC, desarrollando una de las civilizaciones más avanzadas del Pacífico. Eran sociedades matrilineales divididas en tres castas, vivían de la agricultura y la pesca, desarrollaron la alfarería, adoraban a sus dioses, y hasta la llegada de los primeros cristianos, ir desnudo era lo más normal y cómodo del mundo.

De 21 Islas Marianas del Norte

Pero llegaron, por casualidad, capitaneados por Fernando de Magallanes, que venía navegando del tirón desde Tierra de Fuego, el machote; era 1521, la tripulación estaba exhausta tras varios meses de travesía transpacífica, y el pueblo chamorro los recibió amablemente colmándolos de comida, agua y atenciones, Magallanes llamó al archipiélago Islas de las Velas Latinas por la sofisticación de sus velas, y una relación amistosa había nacido entre dos mundos tan distintos. Poco duró. A la hora de la partida, los españoles agradecieron la hospitalidad con cuatro abalorios que traían; los chamorros, fieles a su tradición de reciprocidad, entraron con confianza y sigilo a los galeones y robaron algunas barcas, a Magallanes no le hizo gracia la broma y antes de zarpar asesinó a los culpables, prendió fuego al pueblo, y renombró el archipiélago como Islas de los Ladrones.
La Corona de Castilla estaba en pleno éxtasis expansivo a lo largo de América y el Pacífico, y en 1565 Legazpi anexionó las Islas de los Ladrones al Imperio, los primeros jesuítas le siguieron raudos y recién llegados empezaron a gritar que ‘mire usté, santa madre de dios, qué escándalo, venga, se acabó la juerga ya, hombre, aquí todos y todas a taparse hasta los tobillos’. No satisfechos con robarles sus tradiciones y sus dioses, los españoles “reubicaron” a todos los rebeldes chamorros en la isla de Guam, abandonando las islas más pequeñas, y repoblando el resto con filipinos y carolinos. Otro pueblo más, otra cultura condenada a seguir el largo camino del olvido y la desaparición. Las islas, renombradas Marianas años después en honor a la reina Maria Ana de Austria, se convirtieron en escala obligatoria para el lucrativo comercio creado entre las indias occidentales y orientales, grandes galeones que hacían anualmente la ruta entre Acapulco y Manila, y así continuó durante varios siglos.

De 21 Islas Marianas del Norte

Los imperios emergen y caen, y cuando en 1898 los Estados Unidos declararon la guerra a España, poco quedaba ya de este último, tan poco que los españoles estuvieron a punto de no presentarse, como diría Gila tiempo después. Cuba, Puerto Rico, Filipinas y los archipiélagos del Pacífico que quedaban pasaron a engrosar la lista de los nuevos imperialistas. En la remota Guam, cuando los ejércitos norteamericanos empezaron el ataque, el Gobernador español -que nadie le había avisado que estaban en guerra- salió a recibirlos como si fueran viejos amigos, excusándose por no tener suficiente pólvora para devolver tan entusiasta saludo… Pero tan tontos no fueron todo el rato, y aunque el entrañable Gobernador de Guam escapaba un día después, las Islas Marianas del Norte fueron vendidas secretamente a los alemanes antes de que terminara la guerra, y Alemania, más interesada en llenarse los bolsillos que en salvar almas pecadoras, comenzó a explotar los recursos agrícolas del archipiélago exportando al por mayor caña de azúcar, derivados del coco y otros productos tropicales. Guam, por su parte, terminó transformada en la mayor base militar norteamericana de ultramar.

De 21 Islas Marianas del Norte

Como si de una partida al Risk se tratara, en la que a los chamorros sólo se les había invitado a mirar, Japón se anexionó tranquilamente las islas mientras los alemanes andaban en otros menesteres durante la Gran Guerra, y bombardeó salvajemente Guam horas después de Pearl Harbor, a mediados de la II Guerra Mundial, condenando de nuevo a los locales a trabajos forzados y campos de concentración. Como en tantos otros lugares de mi viaje, la guerra también fue extremadamente cruel en estas islas, enclave estratégico especial; y cuando el ejército norteamericano acabó imponiéndose en 1944, japoneses y chamorros se suicidaron en masa desde los acantilados, temerosos del nuevo enemigo que llegaba a imponer su orden. Un año después, dos aviones despegaban secretamente desde la vecina isla de Tinian, descargando su odio sobre Hiroshima y Nagasaki.
Las islas estaban finalmente liberadas, y completamente arrasadas. Los libertadores no tardaron en construir enormes bases militares desde las que atacarían en los años venideros Corea primero, y después Vietnam; toda Micronesia les pertenecía en esta nueva era de prosperidad, y les pareció un enclave idóneo para continuar sus ensayos nucleares durante la Guerra Fría. También esta llegó a su fin, y cambiaron también los tiempos, la clase media empezaba a ir de vacaciones, y la clase alta aprovechó para pegarse un pelotazo urbanizando el archipiélago. En la bélica isla de Guam, convertida en principal destino vacacional, proliferaron los hoteles,
urbanizaciones, resorts, campos de golf, restaurantes… acudió turismo en masa e inmigrantes filipinos, chinos y coreanos, incluso algunos locales pillaron tajada por primera vez y consiguieron hacerse unos ahorros, el boom económico parecía no tener fin.

De 21 Islas Marianas del Norte
De 21 Islas Marianas del Norte

Pero lo tuvo, recientemente, en el 2009 exactamente, año en que al Departamento de Seguridad norteamericana le entró el canguelo de que entre tanto turista se les colara uno de los omnipresentes
terroristas, y las Marianas, que hasta entonces gozaban de cierta independencia con su estatus de territorio, cedieron a Washington la administración de sus fronteras, lo que inmediatamente implicó problemas para los turistas asiáticos, principales consumidores, que simplemente cambiaron de destinos.

De 21 Islas Marianas del Norte
De 21 Islas Marianas del Norte

Las islas abrazaron rápidamente una fase de decadencia: muchos establecimientos cerraron, los inmigrantes volvieron a sus casas, el paro se disparó y la delincuencia aumentó a límites desconocidos… Y en esas llegué yo, curioso de ver lo que las islas tenían que ofrecerme y de saber qué podía ofrecer yo a las islas.

En el pequeño aeropuerto me estaban esperando ya Ken y Elliot -capitán y 2nd mate, respectivamente- quienes tras un recibimiento amistoso, y previo paso por el hotel, me llevaron directamente al lugar de trabajo, donde conocí al propietario. El Twin Image había zarpado a mediados del 2009 desde Nueva Zelanda y recorrido varias islas del Pacífico Sur en su rumbo tranquilo hacia Canadá; a su paso por las islas Marianas, el mástil se vino abajo de repente, y la familia se vio obligada a dar media vuelta y buscar refugio en la isla de Saipan. Un año entero de reparaciones y esperas transcurrió hasta que las nuevas piezas estuvieron listas y el barco podía volver a navegar; la familia, de vuelta en casa desde hacía tiempo, había contratado a Ken para entregar el yate en Vancouver, Ken había buscado a su tripulación mediante un anuncio en internet. Yo, desde Australia, en busca de experiencias marítimas y de una ruta a América, había contactado a Ken meses atrás… el resto, ya lo sabéis.

Donde esperaba encontrar un barco en el que había que trabajar los últimos detalles, me encontré un casco vacío elevado sobre barriles en el viejo puerto, aún así, recuerdo haber quedado fascinado con la belleza del velero.

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El trabajo era laborioso y diverso: sacar esta pieza, reparar esa otra, organizar aquí, limpiar allá, cortar estas tablas, pintar ese lado, mover esto allá, traer eso aquí… mientras tanto, el ingeniero que había construido el nuevo mástil y venido expresamente desde Nueva Zelanda para colocarlo, terminaba de trabajar en él, junto al barco, antes de que una grúa lo ensartara como una banderilla, levantara después todo el bote como si fuera de corcho, y lo depositara sobre el agua.

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Tras las duras jornadas, a veces había tiempo para explorar la noche saipanesa, que mucho se parecía a las escasas expectativas que me había creado, y mucho me recordaba a la descripción de Jacques Brel de los puertos de Amsterdam de décadas atrás. Con un turismo estándar en desaparición, pero siendo todavía un importante puerto marítimo, y rodeada por bases militares, la prostitución, más o menos explícita, era una de las opciones más atractivas para los visitantes; como alternativa: un bar de música en vivo, una cafetería-afterhour y una discoteca hortera cerraban las opciones de la ciudad de Garapan. Afortunadamente, fuera de la capital, existía el Manic Inn, un bar intempestivo a la vieja usanza, con barra tradicional y taciturnos clientes, donde solíamos pasar las horas con los que después serían nuestros amigos en la isla.

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A lo largo de mi vida he desempeñado varios y diferentes trabajos: profesor de repaso, profesor de batería, profesor de español en Francia, profesor de francés en España, monitor de campamentos, músico, zapatero, obstetra, repartidor de periódicos, médico de familia, masajista, jornalero… pero el oficio de esclavo todavía no lo había ejercido hasta entonces, ése me faltaba: jornadas de 12 y 14 horas durante varias semanas al duro sol de Saipan, casi sin descanso, bajo los gritos y malas maneras del dueño, recibiendo apenas alojamiento y comida a cambio, al menos, dimos gracias a los nuevos tiempos de que el derecho de pernada estuviera abolido. No fueron pocas las veces que estuve a punto de abandonar, de dejarlo todo y seguir mi camino, ni estaba acostumbrado a ese trato ni tenía por qué estarlo; pero me decía a mí mismo y nos decíamos entre nosotros que todo era transitorio, que cuando el dueño se marchara y nos quedásemos sólo la tripulación todo sería diferente… y bien es cierto que mucho había luchado y mucho tiempo y esfuerzo invertido por conseguir llegar hasta aquí, y sería en cierto modo frustrante dejarlo así.
Continuaría. Y llegó Jean Paul -el cuarto tripulante, un señor inglés de 70 años- aportando su inusitada energía y su ilusión contagiosa, días después el propietario se fue, y la situación mejoró.

De 21 Islas Marianas del Norte

Seguía habiendo mucho trabajo, ciertamente, pero también empezábamos a llevar tiempo en la isla y nos estábamos acostumbrando a ella con absoluta simplicidad isleña, tomándole demasiado cariño para dejarla tan fácilmente, ¡y qué menos!

De 21 Islas Marianas del Norte
De 21 Islas Marianas del Norte

Sólo la gente que habíamos conocido lo merecía: Víctor -un chamorro orgulloso y bonachón, fundador de la Asociación para la Celebración del Cumpleaños de Bob Marley en Guam, y posteriormente en Saipan- nos recibía con frutas y comida local prácticamente cada mañana, además de llevarnos de visita por la isla cuando disponíamos tiempo libre; los policías de la marina imponían su autoridad sólo para obligarnos a unirnos a sus barbacoas nocturnas, además de darme toda una instrucción de varias horas sobre el mundo del coco (funciones, apertura -modo estándar y avanzado-,
particularidades… la clase entera daría para otra entrada del blog), Richard, un hippie trotamundos de la vieja escuela que siempre aparecía con nuevas sorpresas; Tino, que entraba a visitarnos cada vez que pasaba por allí; Noel y Pipit, que nos aguantaron siempre con sus sonrisas tantas noches de desvele tras la barra del Manic, sonrisas dif’iciles de olvidar, Ami, Mahesh… tantas y tantas caras que se nos unían fielmente cada vez que hacíamos cualquier actividad, caras que nos hicieron difícil abandonar definitivamente la isla, a quienes les debemos un recuerdo memorable.

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El alumno

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El maestro

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Así, a pesar de las duras condiciones, hubo también grandes momentos. Y cuando el trabajo estaba hecho navegábamos con nuestros amigos hasta la cercana isla de Mañagaha para disfrutar de la puesta de sol, darnos un atracón de cenar, hacer snorkel o nadar desnudos hasta la desierta playa protegidos por la noche… Y los días iban pasando, y la fecha de partida posponiéndose: siempre había nuevas cosas que arreglar, nuevos problemas que teníamos que solucionar antes de salir, y nuevas excursiones.

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Hasta que un mes exacto después de mi llegada llegó ese 28 de junio, traidor y emocionante, que cortó radicalmente con todo y nos echó a la mar, infinita y solitaria, donde estaríamos durante los siguientes 33 días.

De 21 Islas Marianas del Norte
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