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Celebraciones

18 abril 2011

Al sur de Margaret River, Western Australia

-día 551-

Hoy es otra fecha para celebrar, cumplo mis 18 mesecitos de viaje, 1 año y medio. Tenía pensado escribir una serie de reflexiones sobre este tiempo a la deriva, un pequeño análisis retrospectivo de esta vida vagabunda, unas pinceladas de Siberia y Mongolia, de China e India, del Sureste Asiático, del contraste australiano… Iba a hacerlo, estos casi dos meses de sedentarismo y rutina viviendo en el viñedo incitan a ello, apenas hay novedades, los días empiezan como terminan: intercambiando risas, música y experiencias alrededor de un fuego; y hay poco que contar. Pero el viaje me tenía reservado un pequeño regalo de cumpleaños y el blog me sugirió que ya estaba cansado de leer flash-backs… Mañana terminaremos de vendimiar, es hora de volver a la carretera, y este pasado fin de semana se coló un pequeño anticipo… Nada espectacular, sólo una agradable sensación de libertad que quiero compartir con vosotros.

Selina, la amiga que habíamos conocido en Perth antes de partir hacia el sur nos sorprendió con una visita a los viñedos. El estrés laboral y social de Singapur le pedían a gritos una buena dosis de naturaleza y un viaje sin expectativas ni preparativos. Así salimos un sábado por la mañana rumbo a no-sabemos-dónde. Pero los bosques del suroeste australiano tienen un algo especial, el mero hecho de que haya árboles ya supone un placer visual en comparación con el resto de este desértico país, y la anécdota de que los karris sean de los más altos del mundo era el toque final que hizo que el volante girara a la derecha para perdernos en aquel bosque irreal donde el cielo estaba pintado de verde; divagó la noche entre reflexiones y risas, y la lluvia acompañó a una extraña cálida noche de otoño.

La mañana siguiente comenzó con una inusual dosis de adrenalina, escalando uno de esos eucaliptos de 61 metros de altura, donde una pequeña caseta en la copa permitía vigilar los terribles incendios que periódicamente atacaban la región, y concluyó con un internamiento a las profundidades de ese bosque de extrañas formas de flora y fauna, como sólo se encuentran en Australia. Pero era sólo un fin de semana, ahora los lunes volvían a tomar el significado de día laboral y había que poner fin a la excursión. Selina y Ulysse se encaminarían hacia Perth, y Xavier y yo, de vuelta a las uvas, por la última semana.

– ¿Sabéis qué? -dijo Xavier- es una tontería que nos llevéis hasta casa pudiendo seguir todo recto. Dejadnos en el cruce de Nannup, y ya continuamos nosotros en autostop, serán sólo 80 km, y así no llegáis tan tarde a casa. A las 3 de la tarde sacábamos nuestros pulgares, algo cansados y con ganas de llegar.

Un promedio de un coche cada 30 minutos no era muy prometedor, añadiendo que éstos, a diferencia de lo que la experiencia nos había mostrado, no eran tan amigables como los de nuestra región, nos fue poco a poco haciendo intuir lo que se venía… Los improvisados juegos se acababan, las risas iniciales daban paso a la seriedad y a la impaciencia; un grupo de canguros pasaron saltando junto a nosotros con el atardecer de fondo, haciendo que olvidáramos de golpe todos nuestros problemas. Y poco después, el frío y la noche cayeron como un duro golpe sobre la salida de Nannup. ¿Y ahora qué? Ignorando esta posibilidad, no teníamos nuestras tiendas, la noche era demasiado fría para dormir al raso, no teníamos nada que comer, ni siquiera un litro de agua, y entre los dos no juntábamos 10 dólares…

Definitivamente los australianos de estos valles del interior del país no eran tan amigables ni abiertos como los que conocíamos junto a la costa, y pasadas las 7 de la tarde todos desaparecieron, los pocos que encontrábamos nos mostraron su desprecio en grandes dosis. Un hotel de lujo era el único edificio abierto, y entramos a preguntar, no por el precio de la habitación, obviamente:

    • Hola… ehhh… ¿tenéis algo de comida cruda para vender?
    • Esperad, voy a preguntar al jefe (…)

      Me quedan estas salchichas y algo de verdura… venga, no importa, os lo dejo por 5 dólares, ah, y tomad este poco de pan, os vendrá bien.

Salíamos triunfantes por la puerta cuando salió la señora corriendo, con una gran sonrisa:

  •  Tomad también estas tarrinas de mantequilla.

No habíamos hablado entre nosotros, pero sabíamos lo que íbamos a hacer con eso. Durante nuestra rueda de reconocimiento alrededor del pueblo habíamos fichado unas barbacoas publicas que se accionaban sólo pulsando un botón, con la mantequilla cocinaríamos la mitad de nuestra colecta. El resto sería reservado para el desayuno de un día que se anticipaba complicado…

La cena supo a gloria, afortunadamente en Australia dedican esfuerzo y financiación a mantener unas estupendas instalaciones públicas que se encuentran en perfecto estado. Pero empezaba a hacer frío… ¿y para dormir? Lo supimos sin lugar a dudas, estaban limpios, protegidos, y lo mejor de todo… ¡abiertos!

Good night, everybody!