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Borneo

1 diciembre 2010

Tras la tormenta, la marea acerca a la orilla este mensaje en una botella. ¡Y con sólo 1 día de retraso!

Estas palabras fueron escritas durante la tarde. Como actualización diré que los chicos del albergue me prepararon una fiesta sorpresa que se prolongó hasta altas horas, y hoy se me llevan a pescar… Indonesia, tendrás que esperar.

En algún lugar de la costa cerca de Tawau,

Sabah, Borneo Malayo

30 de noviembre –día 409-

Los últimos rayos del sol se reflejaban sobre un mar en calma. Un sol tímido el de hoy, que sólo se dejó ver, de refilón, a última hora de la tarde; como el viejo artista que aparece ante el público impaciente, realiza su actuación breve y aprendida, y se vuelve a marchar sin inmutarse.
A su vez, el cielo, la playa, la selva y el mar acaban de improvisar una enorme pintura impresionista mezclando todos los colores de la paleta, tremendo arcoíris de oeste a este. Y encerrado en ese cuadro, viendo pasar las horas sentado sobre la arena, yo.
Veintiséis. Fantaseo evocando este último año y me da vértigo… ¡Y qué diferencia con el “veinticinco”!: todos cubiertos de ropa bebiéndonos la luna llena helada sobre el Baikal. Hoy no están Pierre ni Eva, no está Fátima, tampoco muchos de vosotros con vuestras notitas desde la distancia. No, Siberia está ya muy lejos, a un hemisferio de distancia. Hoy estamos el ecuador, el mar de Célebes, la selva y yo. Miro al horizonte cómo se apaga y sonrío… y nadie más entiende esa sonrisa, porque no hay nadie, ni en la playa ni en varios cientos de metros a la redonda.

Pero yo sé que sonrío porque soy feliz.

De Borneo

Y en un intento de compartir esta felicidad, aquí viene una nueva entrega (escrita y montadita desde días atrás, que hoy estoy de vacaciones).


De excursión

Y por fin llegamos al valle que estábamos buscando, impresionaba. El esfuerzo de llegar hasta allá bien había merecido la pena: era un valle angosto que se perdía en la lejanía, imposible penetrar en él, imposible ver más allá sin adentrarse… Al otro lado, un terraplén muy pronunciado se elevaba también hasta perderse entre los rayos del sol. No había mucha vegetación en esas montañas, pero lo que allí crecía no lo había visto jamás, sin duda era aquel un lugar mágico.

Seguimos avanzando, despacito, hasta llegar a otro punto que nos hizo detenernos. Era una pared totalmente vertical de unos 30 metros de altura, la roca erosionada estaba habitada por criaturas de todos los colores y tamaños. No podíamos descenderla del todo, tendríamos que conformarnos con observarla y recorrerla en superficie. ¡Y esto no es nada –nos contaba Gail- en la isla de enfrente hay otra similar de más de 100 metros! ¡Eso sí que impresiona! Para mí ya era más que suficiente: tantas formas nuevas, tantas luces y sombras, y esa extraña y constante sensación de volar entre ellas… Me cercioré varias veces de que no era un sueño, aunque lo parecía.

Continuamos hacia el nordeste, acabábamos de aprender cómo usar la brújula y ya podíamos tener una mínima noción de orientación, y allí estaban, olvidados, los restos de lo que hace varias décadas debió de ser un lujoso barco de recreo. A esas alturas ya no me sorprendió tanto descubrir la cantidad de seres que merodeaban a su alrededor y por sus entrañas. Entramos también, con cuidado, con equilibrio. Todavía teníamos tiempo, unos 30 minutos… Al subir al segundo piso por un angosto agujero no lo pude evitar, y en un descuido, salí disparado hacia arriba, suerte que Gail, siempre alerta, pudo sujetarme por un tobillo antes de que me arrastrara la corriente. Estábamos exactamente a 18 metros bajo el nivel del mar.

Una ociosa tortuga gigante tuvo a bien acompañarnos tranquilamente en nuestro paseo, nadando a nuestro paso, las otras descansaban plácidamente sobre el fondo. Las morenas se mostraban menos amigables, enseñándonos sus bocas llenas de dientes a la mínima oportunidad; las langostas y las rayas se escondían, los trigger fish nos ignoraban, afortunadamente; las sepias huían; y decenas, cientos, ¡miles! de pececillos de colores formaban un cuidado y trabajado telón de fondo tropical sobre el coral.

¡Bienvenido al mundo submarino! – susurró la isla de Mabul-

De Borneo
De Borneo
De Borneo
De Borneo
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