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Adiós a un viejo profesor

19 septiembre 2010

Esta noche, desde una pequeña habitación, en un décimo piso de un barrio periférico de Singapur, sonaba con fuerza a través de los cristales de los edificios-hormiguero el “Canto a la libertad”. Mientras, emocionado tras leer todos los emails que me habían llegado a lo largo del día, intentaba explicar a Yao – mi anfitriona china en esta ciudad-, quién era ese señor de gafas, bigotes y gorra que aparecía en la foto…

No sé qué tipo de explicación habré dado, los múltiples recuerdos se me agolpaban desordenadamente en la mente: recordaba los comienzos de mi adolescencia, cuando un señor mayor aparecía cantando en algunos conciertos de Ixo Rai!; y también, años después, con la carne de gallina escuchando en la Puerta del Sol junto a miles de manifestantes ese mismo “Canto a la libertad” que sonaba ahora en Singapur; cuando hace muchos años, me enseñó a cargar la mochila por el mundo y también cuando cumplió el poco diplomático deseo que muchos guardamos de mandar “a la mierda” a medio Parlamento; evocaba la vez que Arribas me regaló en uno de mis cumpleaños en el exilio “Como la nieve en abril”; o cómo, para otro cumpleaños, regalé a Riki una entrada para verlo juntos en directo -e imaginando dramáticamente que sería la última vez que lo haríamos-, recordaba versos y canciones que comprendieron mi nostalgia en algunos momentos de mi vida, que se unieron a mi rabia o que me acompañaron en mis utopías. Y hasta el último momento, el mismo día de mi partida a través del Puerto Biello de Bielsa, “Aqueras montañas” sonaba una y otra vez en mi cabeza, poniendo música a lo que mi corazón sentía… Sin haberme dado demasiada cuenta, he visto cómo su guitarra y su mensaje me han ayudado a crecer y acompañado en muchos buenos y malos momentos. Hoy desde aquí, sin tiempo, sin medios y sobre todo, sin la misma belleza, querría envíarle unas palabras similares a las que él escribió al  “joven difunto Georges Brassens” el día que también lloró su pérdida.

Si, Dani, el mundo se nos está quedando huérfano de buenas personas; es una era en la que nuestros profesores nos van dejando aprender solos, y nos toca a las nuevas generaciones tomar el relevo. Labordeta, como Benedetti, Saramago, o nuestros familiares mas queridos, no iban a vivir y enseñarnos eternamente, aunque nos pese, y somos nosotros quienes tenemos que empezar a crear canciones, poesías y utopías para que los que vienen y están por venir hagan también de tanto desastre un mundo algo más llevadero. Quizás los curas de mi infancia no se esforzaron mucho en convencer a las ovejas perdidas que no creíamos en resurrecciones ni paraísos, quizás también me han faltado meses en India y Tíbet para terminar de asimilar el karma y la reencarnación.

Pero a día de hoy, aún pienso, ¿no son algunos de estos personajes los mejores ejemplos de permanencia e inmortalidad?

“Con tu voz, con mi voz, con la voz de los dos…”