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Noche en Pingyao

11 enero 2010

-dia 86-

(Lo sé, que hemos estado vagos últimamente, que una crónica de Beijing se ha quedado en el e-tintero, pero llegará…todo llega
De todas formas, estas cosas hay que hacerlas con ilusión y espontaneidad, y ahora tenía ganas de compartir con vosotros estos sentimientos recientes…

Nos ha costado tiempo, esfuerzo y aburrimiento poder ilustrar la entrada con esta foto venciendo a la censura china, asi que anticipo que no se repetira muy a menudo mientras continue en el país. Intentaré compartir las imágenes cuando cruce la frontera.)

La noche era oscura y silenciosa, la nube de polvo y contaminación que amenaza constantemente la ciudad pretendía levantar a esas horas. Yo, desvelado, de repente tuve ganas de caminar y perderme por este nuevo destino que me tiene fascinado. No sabía qué hora era, parecia que muy tarde; por los callejones de Pingyao no pasaba ni una bicicleta, ésas que durante el dia son las unicas dueñas de la calle, tampoco nadie más caminaba, solo algún perro, muy de vez en cuando, se cruzaba en mi camino.

Habría entrado a comer algo, o a tomar un té en uno de los numerosos comedores familiares que durante el día animan las calles; pues aunque esta soledad repentina resultase tan especial, no me habría importado tampoco compartirla con alguien más, sin compartir idioma… ¡pero nada! También las casitas de madera con tejados tradicionales que habían soportado el paso de los últimos turbulentos siglos chinos, parecían haberse espaldado todas a la vez esta misma noche, acompañando al resto del pueblo.

Allí solo quedábamos los cientos de farolillos rojos que se movían sobre mi cabeza, los perros y yo. Y una estúpida risa de satisfacción me sorprendió de repente, producto de la emoción, del surrealismo de la situación y de la incredulidad. Pues aunque ya llevo aquí más de dos semanas, en la soledad lo comprendía mejor: ¡había llegado a China! Poquito a poco, a veces sin darme cuenta, siguiendo casi por instinto esa carretera, esa vía de tren o esa pista congelada. Y ahora los pictogramas que anunciaban un sinfín de cosas que no entendía, las casas y los farolillos, los perros y el silencio… me lo gritaban todos al unísono. Y me decían que sí, que esto era China, la China que perdura en el inconsciente colectivo, la China de mis fantasías infantiles que uno nunca pretende encontrar… pero en esta ocasión, las fantasías de ese niño se hicieron realidad en la noche de Pingyao…

Un momento después, todos los farolillos de la calle se apagaron a la vez, y el pueblo quedó en completa oscuridad.

Noche en Pingyao